Reseña de Mis padres: Romeo y Julieta. Tom Maver

Pablo Fidalgo Lareo. Mis Padres: Romeo y Julieta.

Un largo viaje hacia atrás, hacia un comienzo posible, al grano de los conflictos. Algo que explique el estado de ruinas actual. La voz de los poemas de Pablo Fidalgo Lareo hace este trabajo con contundencia, y resiste al desánimo. Pero el resultado linda con el fracaso: se busca algo que no se podría encontrar o un lugar vacío. Se trabaja con el fracaso, y he ahí la victoria no del “yo poético” sino del poema. Cito:

Si entro en la mente de mis padres
en el momento exacto de mi nacimiento
no veré nada bello.

En estos poemas, si hay una historia que falta, o alguien que falta, sobran las imágenes. Balanceándose entre el desaliento y la belleza, refulgen los poemas y se instalan para dar una luz de extrañeza sobre lo que no se termina de comprender. De este esfuerzo de la memoria queda el brillo amarronado de los poemas, como una venganza. Leemos: “Toda mi infancia me prohibieron imágenes”.

¿Quiénes son esos padres, entonces? ¿Un trasfondo literario, tragicómico, alto, para una historia difícil de nombrar? Padres trágicos, Romeo y Julieta, padres jóvenes, padres que se matan uno frente al otro, padres que no tuvieron hijos.

Padres lejanos e irreales. Pero sobre todo: padres creados por otro, por otra época, con conflictos propios que el hijo desconoce. Ver un padre o una madre es ver el fragmento de una persona que no se sabe quién es. Un padre es un invento del hijo, el relato de una madre. El abandono es el único invento que crea a ese padre ausente, a ese equívoco.

En el espacio cerrado de la memoria, de la familia, de los cuartos, sucede este pequeño drama que tiene su eco, su doblez palpable, en la Historia. No sólo la familia, el país mismo se vuelve extraño ante esta voz que percibe la asfixia, el encierro y esa única salida: el abandono, la soledad del padre.

Mis padres se equivocan cuando piensan
que sólo existe un problema familiar
cuando todo un mundo está destruyéndose.

No puedo dejar de pensar en el Redoble fúnebre a los escombros de Durango, de Vallejo, que repite en trípticos de lamento seco: “Padre polvo que vas al futuro,/ Dios te salve, te guíe y te dé alas,/ padre polvo que vas al futuro”.

Ese futuro del que habla Vallejo es éste del que habla Pablo Fidalgo Lareo, el destruido. Ahí es donde su voz busca sonidos propios, exigiendo, demandando, preguntando. (La luz se dirige hacia esta forma de no entender la vida.)

Simplemente hubo un golpe
y todos aparecimos lejos de dónde estábamos.

¿A qué golpe se refiere? En la obra Romeo y Julieta, hay una famosa frase que dice que la rosa, tenga el nombre que tenga (dice, en realidad: ¿Qué hay en un nombre?), va a seguir largando su dulce aroma. Podemos cambiarle el nombre a ese “golpe” pero va a seguir doliendo lo mismo. Hijo de una época que da con generosidad su legado de conflictos y olvido, la única salida es la encarnación de esos conflictos, verlos en la propia familia, en uno mismo. Establecer la contiguidad y hacerse cargo de ella.

Esto se trata, como en el libro de Herzog, de La conquista de lo inútil. Leemos:

Padres, ¿podemos los tres conquistarnos y escucharnos
como si fuera la primera vez?
¿Podéis conquistaros otra vez para que yo lo vea?

————————–
Y lo que queda es ese afán amoroso, pequeños gestos, ese contrabando.

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