Presentación de Harkaitz Cano en Festival BAD del libro de Pablo Fidalgo Mis padres: Romeo y Julieta

Por Harkaitz Cano (23/10/2013)
Mis padres: Romeo y Julieta es, además de un libro vigoroso lleno de fibra, de pensamiento, de lucidez y de audacia, un diario lírico de gran potencia catártica, un ejercicio de reconstrucción y una lucha. Una reconstrucción (o reescritura) de la propia biografía y de un entorno familiar problemático, y una lucha contra las expectativas, las convenciones y la pulsión autodestructiva dictada por un ADN trágico que te lleva a saber cosas que preferirías no saber. Se desprende de los versos un anhelo por regresar al hogar –que es más un estado mental que un hogar– y un intento de volver a un lugar más profundo incluso que la propia casa. Un deseo de explorar el momento epifánico o seminal. Un deseo de volver al pecado original, porque, cito sus propias palabras, “donde ha existido un baile verdadero todo queda en movimiento durante un siglo”. Y ese movimiento, esa vibración –que a su vez es reflexión en marcha y memoria– es lo que el poeta consigue atrapar en el poema, valiéndose de eso que los dramaturgos argentinos contemporáneos denominan “mínimo umbral de ficción”.
Tal como yo lo veo, no se trata de un poemario estrictamente, sino de un único poema río que arrastra consigo, entre otras cosas: viejas imágenes de Super 8, una única fotografía en blanco y negro, listas arbitrarias de capitales del mundo y nombres de deportistas que el azar ha fijado en la memoria… Pero es, ante todo, un inventario de momentos felices frustrados, humillaciones y cicatrices que escapan a las fotografías y que por ello solo la palabra puede rescatar (“sé lo que significa ser un buen hijo: dar otro significado al verbo guardar”).
Romeo y Julieta. Ulay y Abramovic. El ritual performativo de quien repara en el escenario no deja de tener su importancia: “No te desesperes, no tengas prisa. La luz llenará las salas. Si todo está bien iluminado no hará falta que nadie resplandezca”; “Cuando descubrí que no creía en el diálogo hice los mejores monólogos de mi época, sólo para oírte reír”. El poeta quiere lo imposible: reescribir la historia desde el momento en que el niño se esconde bajo la cama, o desde más atrás aún, estando presente en el momento de su concepción, o siendo testigo del momento en que sus padres se conquistan (“Pasé toda mi vida regresando a un sitio que solo existia en la mejor época de la mente de mis padres”). El poeta quiere encontrar una casa para poder desnudarse en paz sabiendo que es “hijo de los que se bañaban desnudos, pero nunca perdieron la vergüenza”. Sabe que la vergüenza y tantas otras cosas, como los insultos recibidos en el colegio, se heredan de los padres. ¿Qué hacer ante esto? Ritual performativo y curación mediante la palabra que se piensa, se dice y se masca: “Mi declaración de amor fue desnudarme en la calle y volver a vestirme sin explicar nada más”.
Padre, madre e hijo. Los tres puntos de un triángulo. Los puntos a los que interpela el poeta. Los puntos de un triángulo que se recorre solo o en compañía. La distancia entre estos puntos vascula y es cambiante, y a veces solo puede recorrerse teniendo en cuenta el punto ausente o el ángulo ciego: “Mi madre”, dice Pablo, “quiere que me crea su idea, porque yo soy el último viaje hacia mi padre”. “Sé que entre mis padres ocurrieron cosas mucho mejores que yo, y también mucho peores…”, afirma también. Además de las paterno y materno-filiales, se filtra de cuando en cuando la voz de las generaciones anteriores cuando el abuelo señala: “Viéndote a ti, creo que la educación, para ser equilibrada, tiene que tener la misma parte de presencia que de ausencia”.
He ahí una de las claves del libro. Presencia y ausencia. La certeza de tener una historia y la tentación del silencio. Quedarse en el sitio y en el idioma que te corresponde o empezar de cero en una ciudad italiana en la que los perros andan sueltos. Enmendar el pasado o dejarlo tal y como está. La vara que maneja el zahorí se debate siempre entre dos puntos.
Parafraseando el título de aquella exquisita pieza autobiográfica de Paul Auster –que partía también de una foto familiar en blanco y negro–, diremos que este libro de Pablo Fidalgo pendula entre la invención de la soledad y la certeza de que esa soledad se perfila con presencias físicas y fantasmales a las que nosotros, voluntaria o involuntariamente, vamos dando forma.

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