Reseña de Carlos Alcorta del libro Mis padres: Romeo y Julieta

Por Carlos Alcorta (04/11/13)

PABLO FIDALGO LAREO. MIS PADRES: ROMEO Y JULIETA. PRE-TEXTOS POESÍA, 2013.

Desde la publicación de su primer libro, La educación física (Pre-textos, 2010), la poesía de Pablo Fidalgo goza de un reconocimiento prácticamente unánime tanto por parte de la crítica —que lo señaló como uno de los cinco mejores libros publicados en 2010— como por los lectores. Como miembro de la primera promoción poética del siglo XXI, de la generación de la pobreza, una generación que no conoció la Dictadura, pero que habla de ella como espacio simbólico, el saqueo del futuro que las políticas económicas ultraliberales están perpetrando mediante brutales recortes sociales y laborales y el robo a cara descubierta de las ilusiones tanto individuales como colectivas no puede dejar de transparentarse en sus poemas y en los poemas de otros poetas jóvenes (si entendemos, como Barthes, que «la escritura es un acto de solidaridad histórica»), porque son ellos quienes están sufriendo este despropósito de manera más sangrante. Pero, como todos sabemos, las formas de representación de la realidad no son homogéneas, permiten maneras incluso contradictorias de acercarse a ella, y todas gozan, en principio, de la misma validez, por esa razón, si algo se le puede exigir al poeta con respecto de la realidad no es la fidelidad a una determinada estética, sino un serio compromiso con el lenguaje, con el poema que trata de reconstruirla. Sólo gracias a la experiencia personal autónoma, no envilecida por influencias externas, el poeta será capaz de reflejar el momento histórico concreto del que es protagonista, cuando no víctima, con singularidad y voz propia, sin dejarse arrastrar por la fuerza de los acontecimientos o por impropias formas de divulgarlos. Quienes logran zafarse de esas presiones, por otra parte, subyacentes al acto de la escritura, y consiguen enfocar la realidad con su propia lente, serán a la postre aquellos poetas que ejercerán, consciente o inconscientemente, de faros, de guías generacionales y, éste, creemos, es el caso de Pablo Fidalgo, cuya obra, aún escasa, ha trastocado los preceptos más acomodaticios de nuestra poesía más joven sin adscribirse a ninguna de las corrientes estéticas predominantes ni a clan hegemónico alguno. Su poética la defienden sólo sus poemas y eso, que debería ser una perogrullada, resulta algo insólito en los aciagos tiempos en los que nos ha tocado vivir.

Soy de los que piensa que no es superfluo contextualizar la obra de un autor dentro del periodo histórico en el que dicha obra se desarrolla, porque aunque sea de forma tangencial, la historia en abstracto nos suministra información sobre los circunstancias de cada individuo y, en el caso concreto de Pablo Fidalgo, nacido en Vigo en 1984, y su personal aportación a la poesía, conviene significarlo. Si atendemos al criterio estrictamente cronológico, y con una pretensión meramente didáctica, podríamos encuadrarlo en la generación de poetas nacidos entre 1970 y 1985 —siguiendo el criterio más extendido de que la generación precedente, la conocida como de «los ochenta», comienza en 1955 y finaliza en 1969—, pero esta pauta resulta engañosa en muchos casos, porque hay poetas tan precoces que parecen integrarse en la generación precedente y existen poetas tardíos a los que no es inusual incluir en la generación posterior a la que por edad les corresponde. Una mezcla de ambas premisas nos parece los más pertinente para acercarnos a la poesía de Pablo Fidalgo, que, como se deduce de lo apuntado anteriormente, es uno de los poetas más jóvenes de su generación y, por otra parte, su primer libro —teniendo en cuenta esa precocidad de la que han hecho gala alguno/as de sus compañero/as de promoción— puede considerarse casi un libro tardío, pues su autor ha cumplido ya los 26 años cuando ve la luz, algo que, como veremos, lejos de suponer rémora alguna, ha supuesto el beneficio de presentar al lector, no una obra titubeante y en exceso dependiente de otras voces, sino un poemario redondo, personal y maduro que ha sorprendido porque ha roto los moldes estéticos al uso, sin arrogancia, pero con determinación y ha puesto en evidencia el desgaste de determinadas fórmulas estéticas, repetidas hasta la saciedad por adalides y discípulos, sin necesidad de rubricar tendenciosos manifiestos. La poesía de Pablo Fidalgo significa una vía de aire fresco en el contaminado panorama de la poesía española, y con esto no trato de decir que Fidalgo sea el único poeta de entre los más jóvenes que rehúye lo trillado, lo consabido, porque estaría faltando a la verdad. Otros autores se han arriesgado antes. Podemos citar nombres como Abraham Gragera, Josep M. Rodríguez, Mariano Peyrou, Ana Gorría o Alberto Santamaría, por ejemplo —esta lista, como es obvio, se puede ampliar con varios nombres más—, que desde postulados distintos, cada uno defendiendo su particular estética, se enfrentan con el inmovilismo y la monotonía de unos presupuestos que han envejecido y resultan inútiles para aprehender una sociedad asediada por la usura, para comprender a un ser humano atosigado por nuevas y, todavía, inexplicables incertidumbres. No en vano, Abraham Gragera ha titulado uno de sus libros, creo recordar que fue el primero, con el expresivo rótulo de Adiós a la época de los grandes caracteres, (Pre-textos, 2005). Nuevas circunstancias requieren nuevas formas de contarlas, una realidad diferente exige códigos particulares para descifrarla, modos audaces de incardinar el pensamiento en las palabras. Como es evidente, esto no puede conducirnos a pensar que la obra de estos poetas nace por generación espontánea, que es como esas flores extrañas que florecen inexplicablemente en un medio tan hostil como el desierto; si, me atrevo a pensar, poseen un rasgo común es, precisamente, el interés que muestran por asimilar otras tradiciones distintas a la nuestra, por hacer suyo el inmenso bagaje cultural que tienen hoy, gracias, entre otras cosas, a la tecnología, a su alcance.

La falta de prejuicios con la que Pablo Fidalgo escribe sólo puede provenir de una absoluta fe en lo que se está haciendo. Esto es algo que a ningún lector pasará desapercibido, pero no será tan sencillo argumentar esa convicción, porque lo que resulta del todo sorprendente es la independencia estética de la que hace gala, sin entrar en estériles controversias (más propias, por otras parte, de críticos que de poetas), sin descalificar a nadie, yendo sólo a lo suyo, sin mirar atrás ni a los lados, siempre con la mirada al frente. Da la sensación de que el poeta se ha mantenido agazapado en un rincón, absorbiendo y reciclando todo lo que caía en sus manos, escribiendo y tachando versos hasta que, al fin, ha encontrado esa voz propia que su experiencia necesitaba para tomar cuerpo. Pero no basta sólo con eso, es preciso tener la mente muy despejada para destilar la emoción, para reflexionar sobre ella y escribir con esta mezcla de intensidad y de inocencia. Esto es lo que más sorprende a un lector acostumbrado a una retórica repetitiva, con variantes muy superficiales. «La poesía de Pablo Fidalgo es un zambombazo en la línea de flotación del tono que se va imponiendo entre los poetas de su generación» escribe Martín López-Vega, y quizá esta sea la mejor forma de definirla, porque la naturalidad con la que está escrita — y no nos engañemos, naturalidad no es sinónimo de facilidad— pone en evidencia ciertos amaneramientos últimamente de moda.

Mis padres: Romeo y Julieta, es su tercer libro publicado, pero guarda una estrechísima relación con los dos libros precedentes. Si en La retirada —el libro precedente— había poemas claramente en deuda con algunos de La educación física, libro que, según confiesa el autor, «está escrito desde la conciencia y la pérdida de la juventud y también desde esa misma energía», en este último no sólo hay poemas que utilizan asuntos frecuentados en La retirada, sino variaciones sobre el mismo tema que utilizan idéntico armazón semántico para ensayar otra vuelta de tuerca, otra perspectiva que ofrezca una visión más caleidoscópica, hasta el punto de que la nota explicativa que encabeza dicho libro no desentonaría si la colocasemos al frente de Mis padres: Romeo y Julieta. « Cuando tenía 12 años hice un viaje con mi madre por la costa de Galicia. Mis padres se habían separado en 1987. Paseando por el pueblo de Cariño, mi madre me dijo que yo había sido engendrado allí. Esa noche dormimos en el mismo hotel y en la misma habitación en la que mis padres habían estado casi 13 años antes. Mucho tiempo después, a los 27 años (casi la misma edad que mis padres tenían cuando se separaron) volví a esa habitación. Y mi vida quedó atrapada, demasiado resumida, entre los dos viajes», pero no sólo eso, sin ir más lejos, algunos poemas son prácticamente idénticos, como el titulado «Cariño; invierno de 1966» que aparece ahora intitulado, y otros, como el titulado «Torino», están plagados de versos: «Estabas en Torino, solo, en aquella casa perfecta,/ y llegaría una mujer y te diría: quiero ser tú,/ y tú le dirías: es imposible ser yo en tan poco tiempo/ como dura una vida. / La ciudad era tuya y sentiste/ que podías pedirle que se fuera, y se fue» que enlazan con otros versos de este último libro de forma irrebatible: «Llegarás a Torino en avión, atravesando los Alpes. Prende un Pullman, y baja a la estación de Porta Susa…».

El correlato objetivo que Pablo Fidalgo utiliza para hablar de la relación frustrada de sus progenitores no podía ser más evidente, porque el amor de Romeo y Julieta posee en la conciencia cultural europea una connotación trágica. «¿Después de todo quién recuerda/ un conflicto entre dos familias/ en esta absurda tierra/ en esta absurda época?», escribe Fidalgo. El ilimitado amor de los amantes se ve malogrado por el enfrentamiento de las familias, lo que conducirá, inexorablemente a la tragedia y a la imposibilidad de que ese amor se culmine. «Nací del único amor grande, verdadero, loco,/ que en esta casa se recuerda» escribe Fidalgo, que parece hacer suyos estos versos de Julia Hartwig: «Ingrato fue ese amor y aceptarlo difícil». Como se puede comprobar por estas aisladas, pero significativas, muestras, el lenguaje utilizado por Pablo Fidalgo no busca la opacidad de forma interesada. Es un lenguaje deliberadamente narrativo que no rehúye el prosaísmo, aunque éste sirva para suavizar los cambios temporales o de sujeto en el mismo poema, algo no fácil de digerir, por lo que la utilización de un lenguaje críptico abundaría en el desconcierto. A veces parece que asistimos a unas descripciones más propias de un artículo periodístico que de un poema, como si el poeta estuviera hablando de alguien que no es él y observara el desarrollo de la acción, del juego, del partido, desde las gradas. Sabe que su nacimiento fue producto de una gran pasión, aunque ésta fuera irremediablemente efímera, y de la fugacidad de esa pasión, de los motivos que la convirtieron en algo transitorio tratan los poemas de Mis padres: Romeo y Julieta. El poeta recuerda sensaciones, experiencias que no ha vivido, que sólo ha imaginado y, a partir de ellas, construye, gracias al lenguaje, un mundo propio, recrea hechos ficticios como si hubieran sucedido, por eso no hay en su poesía distancia entra la realidad y aquello que la palabra evoca. Lo evocado es la realidad verdadera, la que hubiera podido ser y ahora es. El poema es lo real, no la experiencia de lo real. Los acontecimientos vividos en el poema poseen mayor legitimad poética que los que sucedieron o los que pudieron haber sucedido. Aquí estriba la auténtica originalidad de Pablo Fidalgo, porque no encontramos apenas referentes en la poesía española (muy remotamente podemos entrever los exámenes de conciencia de Gil de Biedma, cierta ironía de Ángel González o las invectivas de Cernuda en contra de la mojigatería de sus compatriotas), ni siquiera entre sus compañeros generacionales (con alguno de ellos, Josep M. Rodríguez por ejemplo, si encontramos alguna analogía, pero la expresión de éste es más fragmentaria, más elusiva). Los ecos de su poesía nos conducen, sin embargo, hasta la poesía en lengua inglesa, la escrita a ambos lados del Atlántico, y estoy pensando en nombres como Teg Hughes, Philip Larkin o Sarah Maguire en esta orilla, o en los norteamericanos Robert Lowell, John Berryman o Sharon Olds. En cualquier caso, no importa tanto de dónde proviene su fuerza y su singularidad, sino hacia dónde va. El poeta con voz propia elabora un lenguaje que le permite indagar en los misterios que envuelven su vida, que le permite definirse como ser humano y esto lleva consigo hacer caso omiso de corrientes estéticas habituales. El lenguaje poético es el lenguaje del extrañamiento, y el extrañamiento es la condición sustancial del que se rebela contra lo instituido.

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