Reseña de Antonio Rivero Taravillo de Mis padres: Romeo y Julieta.

Por Antonio Rivero Taravillo. (21/11/2013) 

Romeo y Julieta en Galicia

En 1956, Álvaro Cunqueiro publicaba esa breve delicia inmarcesible, Las crónicas del sochantre, a las que añadía como apéndice “La función de Romeo y Julieta, famosos enamorados”. Ahora, en 2013, y también desde Galicia, Pablo Fidalgo Lareo (natural del Vigo de cuyo Faro fue director Cunqueiro) nos entrega Mis padres: Romeo y Julieta, un extenso poema unitario dividido en fragmentos al que acompaña una treintena de otros poemas repartidos en las secciones “Prólogo”, “Casa de acogida” y “Río do mar”.
No es frecuente en los poetas, sean estos jóvenes como Fidalgo Lareo o no, el poema largo; menos aún comprobar la fidelidad (sin caer en la repetición) a unos temas, a las obsesiones, que son a la postre los mimbres con los que se construye la mejor poesía. Así, como dramaturgo estrenó hace seis años La velocidad del padre, la velocidad de la madre, cuyo ya presagiaba el libro que acaba de publicarse.
El poeta junta aquí su propia historia a la del amor, clandestino inicialmente, de sus padres, y luego a la separación de estos, a la fractura familiar. Ante unos vasos de vino tal vez podría aquel rebelarnos confidencias y delimitar la exactitud (si exactitud puede haber en los sentimientos) de la historia que aquí se siluetea; pero lo importante es la verdad poética, que aquí resplandece de continuo en un libro que puedo saludar ya como uno de los que más me han interesado esta temporada. Con prosaísmos y también desbordamientos líricos casi ingenuos, mediante un verso fluido que evita el excesivo atildamiento (Wordsworth, Campoamor, Antonio Machado o Cernuda preferían el escribir como se habla), tenemos aquí una love story que no es solo de los dos que la empezaron y la acabaron luego, sino también de quien es resultado de ella, que ahora levanta el acta, a veces emborronada, del amor filial, doblado de arqueología que trata de recuperar las piezas de aquella relación entre las ruinas de hoy. El autor que firma con sus dos apellidos, el paterno y el materno, escribe:

Mis padres dicen que nunca se conocieron
y lo niegan todo y yo se lo agradezco
porque dos negaciones me afirman.

Muchas veces, las separaciones de los padres exigen un altísimo precio de los hijos, y el joven Fidalgo Lareo debe de haberlo pagado, aunque no caiga en la autoconmiseración o la jeremiada. Pero de ese padecimiento, de esa falta que sufre el ser de carne y hueso, el fruto es un libro que rebosa emoción e inteligencia; por decirlo con una sola palabra, poesía.

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