Intrahistoria del amor. Por Olga Novo.

Intrahistoria de los míos

Porque allí donde ha habido un baile verdadero

todo queda en movimiento durante un siglo. 

Pablo Fidalgo Lareo

         Nací en movimiento, en un SIMCA 1200 azul celeste. Soy de Vilarmao, una aldea lucense que no sale en los mapas. Vengo de una familia campesina humilde. Mis hermanos y yo fuimos los primeros en tener estudios y acceso al Saber, procediendo de otros saberes, y conocer la Historia viniendo sólo de la intrahistoria. Desde ahí hablo.

Desde niña viví fascinada por la música. Mi madre, recitaba de memoria los textos aprendidos en aquella escuela de aldea, inscritos en las enciclopedias franquistas que yo ya no había conocido; y así yo sólo percibía la música de la voz de mi madre contándome casi cantándome margarita está linda la mar… Y yo me quedaba con los ojos pasmados ante la imagen preciosista de aquel rey que tenía un rebaño de elefantes, una tienda de diamantes y un gran manto de tisú. Nosotros, que sólo veíamos rebaños de vacas, que sólo conocíamos el brillo humilde de la mica que compone la piedra de granito y que no habíamos rozado jamás la excelsa suavidad del tisú… No obstante, la maravilla estaba allí. Ni siquiera sabíamos quién había escrito aquello, y mucho menos que quien lo había hecho era un adepto al régimen y que aquellas enciclopedias tenían las hojas manchadas de sangre.

Recuerdo también la inmensa lástima que sentía ante el relato poético de la muerte de la Infanta jorobadita. Aún hoy siento aquel diminuto nudo en la garganta que se me ponía cuando ella, al contrario de las bellas hermanas, se distraía y no hilaba porque ella no aguardaba a ningún novio sino la muerte. Con qué sentimiento mi madre acababa diciendo que la habían llevado a enterrar “por una puerta excusada / al encuentro del novio que ella soñaba”. Y yo entonces lloraba. Tenía tres años. Y sin comprender, completamente emocionada, la escuchaba decir con toda elegancia la herencia materna de los romances tradicionales… “Girinaldo, Girinaldo, / paje del rey más quirido / sí fueras rico en la hacienda / como eres galán polido / esta noche, Girinaldo / la habías de pasar conmigo”.

Antes de los libros. Antes de la escuela. Antes del mundo, está la música. Era aquel tiempo redondo y sin fisuras. El círculo perfecto. La vida no escindida. En el útero los sonidos se escuchan desde dentro del líquido y las frecuencias son otras. Acaso es así como oigo la poesía venir hacia mí, oscuramente, inicialmente en un barullo que se va esclareciendo poco a poco. Será que mis tímpanos tan sólo escuchan todavía frecuencias intrauterinas.

En las tardes de invierno, cuando mi madre tenía que ir a coger hierba para las vacas, yo me quedaba al cuidado de las ancianas de la aldea: la Sra. Carme de Benitiño, la Sra. Ramona de Casumira. La primera me daba una merienda de queso con pan de trigo y me enseñaba a rezar. Y sin comprender el sentido de aquellas palabras de poder, yo adoraba la rítmica prosodia de la letanía y del rosario, antes y después del parto, y aquel sublime “bendita tú eres / entre todas las mujeres”. Cuando llegaba ese momento, que me parecía el clímax, yo alzaba los ojitos inocentes hacia una humilde imagen de la Virgen que estaba colgada en la pared del pasillo, y que hoy recuerdo, con el brillo del tiempo, como si fuese un exquisito icono de un Andréi Rublev de Vilarmao.

Y por la música de aquellas palabras yo sé que hay música antes de la Música. Me fue transmitida por mujeres pobres de una aldea extinta que no forman parte de la Historia. Pero en nuestra intrahistoria ellas eran las verdaderas transmisoras de la música verdadera.

En casa no había ningún libro. A los cuatro años me compraron una cartera naranja con un árbol frondoso dibujado, y fui feliz a la escuela. En casa no había ningún libro. Una vez la maestra nos mandó llevar a la escuela un cuento, y yo, que no tenía ninguno, rebusqué por casa y lo único que encontré fue una hoja suelta y rota de Aladino, probablemente un resto de un cuento de segunda mano, traído por las primas. Recuerdo perfectamente el momento en que la maestra nos pidió el cuento y se acercó a mí, con toda la ternura, y me dijo está muy bien, Olguita, pero la próxima vez tienes que traer el cuento entero. Yo asentí, simulando ser una niña que no sabe que una hoja no es el libro entero, que el fragmento no constituye la totalidad del texto. Yo asentí prefiriendo simular la inocencia, o incluso la falta de inteligencia, con tal de ocultar la pobreza.

Ahora amo el fragmento. El hilo suelto. El pespunte. Lo inacabado. Prefiero la escultura saliendo del barro imperfecto de Camille Claudel que la obra maestra acabada de Rodin. No disimulo que sólo tengo una hoja del cuento de Aladino porque sigo siendo aquella niña que sólo tenía una hoja del cuento de Aladino. Nunca tuvimos Historia sino historias entretejidas unas en las otras. Ni es nuestro el gran relato sino el cuento al calor del hogar que se reinventa por puro placer de la transformación natural… que eso precisamente es la vida.

A los seis años, el libro de lectura, Alameda, estaba compuesto por romances. Se aprende también en la carencia. La sed va a buscar agua al río, a los manantiales subterráneos, al fondo de los pozos. Tantas veces leí aquel libro, lo único que tenía para saciar la sed, que acabé sabiendo de memoria todos los versos que contenía, y cuando me mandaban leer, yo, con ingenua solemnidad, levantaba por momentos la vista del libro y seguía leyendo en el aire el poema que quedaba en el libro. Fui sorprendida así por la maestra. Y sentí por primera vez vergüenza. Pero también se aprende en la carencia, y la sed va a buscar agua al río, a los manantiales subterráneos, al fondo de los pozos. En casa no había ningún libro.

Luego descubrí en una alacena del comedor los libros de texto de mis hermanos mayores. Y busqué en ellos nuevas músicas. Así fue como comencé a dramatizar por el pasillo de casa Abenamar Abenamar moro de la morería y Con cien cañones por banda… Tenía siete años. En la matanza y en la fiesta me subían a la mesa a la hora del café y yo recitaba para toda la familia aquellas incomprensibles andanzas de las tres hijas de un rey, y el extraño caso de Don Bueso. Treinta generaciones mías analfabetas, y yo recitaba sobre la mesa para ellas. Treinta generaciones mías en silencio, yo declamaba para ellas. Treinta generaciones mías analfabetas, yo amaba la poesía por y para ellas.

No creo en Dios, pero sí en la genética, esa ciencia azarosa y exacta. No sé de dónde procede esta sed mía y esta escucha. Probablemente sea el producto de un cromosoma hipersensible de la madre y de la oratoria popular del padre. O un eco lejano de un ancestro que rimaba octosílabos sin saber escribir su nombre pero sabiendo cantar la vida.

Cuando se acabaron los textos de los libros la casa me quedé sola. También en la carencia se crece. Así, por pura pobreza escribí, a los siete años, el primer poema. Llegué a la poesía desde la pureza de la desposesión, sin nada, con hambre, exactamente igual que habían vivido los míos, en ausencia de Saber, en ausencia de Historia.

Monocromo Verde

En ausencia de respiración absorbíamos aire con harina

nieve pura

las papas de los pobres de nosotros

(cuando había azúcar no había café):

restos de las cartillas de racionamiento metidos entre las muelas del juicio

final

el lino del hambre

tan blanco

rodeaba como un anillo de Saturno las paredes del estómago

la cinta de los sombreros de paja

y acostumbrados a morir día tras día

contemplábamos barro tirabeques estruendos demoledores dentro

ojos como maletas en las que el mundo se daba por vencido

una intuición de lágrimas escondidas en las arrugas bimilenarias de las ancianas

aturdidas y negras como sus vestidos de luto de la edad del hierro.

En ausencia de amor

un refajo comido por la polilla y el sol puesto a secar en el hogar

contenía los últimos escritos de Simone de Beauvoir

y el aborto que mató en lo profundo del pajar a Benigna de Remigio

sus labios amoratados que nunca vi flotan en mi pensamiento

se me aferra al corazón

querida toda

nunca correspondida

pasto de la eternidad que no hay

en ausencia de amor.

En ausencia de Historia

escribíamos en cuadernos de pizarra que se borraban con saliva

y vuelan formando círculos en el observatorio de Greenwich

pues en ningún mapa aparece este nombre venenoso

Vilarmao Vilarmao al lado de ningún santo patrón

en la puta diócesis de la nada

sólo hay un patio redondo

la elipsis espiritual por donde salen los cerdos de la cuadra y un tractor

Lu-Ve 34576 para delimitar el espacio.

En ausencia de Saber

la casa de la maestra yace como un cadáver expuesto bajo la lluvia

con las vigas intentando sostener la tabla del tres un problema de aritmética que nunca resolvimos

pero hay días en que una línea recta trazada en un encerado antiguo

resplandece en su estructura ósea

y todo nuestro pequeño mundo gruñe pobre de él

como si rezara un rosario digno de la existencia de Dios.

En ausencia de palabra

nos bastó el grito denunciador que es la noche del búho

en ausencia de pan

en ausencia de leche

en ausencia de trigo

contra el día cabrón que se levantaba antes que nadie.

En ausencia de futuro

rechinaron las ruedas de los carros o serían acaso metáforas deterioradas

aves de mal agüero que ostentan el poder.

El resto de los animales

golsan sobre los prados las mazorcas de maíz con los que se criaron

en señal de dolor

sí porque en ausencia de futuro

sólo hay ausencia

y tal vez esto que digo:

En ausencia de ti

de tanto morder las hierbas para contener el espasmo

digo tu nombre hasta que la lengua se me seque

y quedo toda igual a ti antes y después del tiempo

haciendo la fotosíntesis del amor

en la vanguardia de la nada

donde sólo se puede vivir pintada como un monocromo verde.

La niña que será niña dentro de mil años

Mi abuelo materno fue a la guerra reclutado por el bando sublevado. Pero él era un hombre bueno. Contó alguna vez que no había pegado un solo tiro y cuando veía escondido a algún republicano callaba y así hacía su paz personal en medio de una guerra absurda. Cuando terminó, dejaba algo de tabaco y leña en un refugio que tenía en el monte, un antiguo batán donde iban a ocultarse los forajidos. Y una vez, apesadumbrado por el paseo de dos escapados, lamentó su asesinato en la cantina de Saá. Al día siguiente, las hermanas del cura fueron a amenazarlo a él y a mi abuela a casa. Lo sacaron para fuera y una de ellas apuntó con su pequeña pistola. Él agarró una piedra de la pared contra la cual estaba apoyado dispuesto a lanzársela: “Matar, me matarás, pero tú te vienes conmigo”. Y ante el súbito coraje del humilde vencido digno, la otra dijo: “Déjalo, eres un miserable”. Soy la nieta de un miserable de corazón comunista. De un buen hombre que arreglaba, para sobrevivir, ollas, relojes, radios… Mi abuelo de corazón comunista y cerebro de ingeniero popular.

Un tío mío paterno había ido también a la guerra, por el bando sublevado, y había creído en la misión que le había impuesto aquel fusil en las manos. Decía: “Franco salvó a España del comunismo, España se deshacía”. La guerra lo sorprendió en Asturias haciendo el servicio militar. Allí tenía una novia, que le dio un saquito de habas cuando se fue al frente. Una bala le atravesó la mano con la que tanto había acariciado aquel saquito de habas, y una granada lo dejó al borde de la muerte nueve meses en un hospital. Nunca hablaba de la guerra. Sólo una vez me habló, siendo yo muy niña. Me contó que en plena batalla del Ebro se había encontrado de repente con un vecino suyo de la aldea, José de Casumira, y al relatar el encuentro se echó a llorar. Ahí terminó para siempre el relato de este tío mío que perdió la guerra pensando que la había ganado.

Entre mi abuelo y mi tío había silencios que yo percibía y no comprendía. La niña que yo era entonces sabía y no sabía leer en aquel terrible palimpsesto de la guerra civil. Los nietos y bisnietos hablamos de una memoria transferida, por cicatrices, lágrimas y silencios. Es nuestro también el destino de ellos y de ellas, y nuestro es su sufrimiento, heredado en este fin del mundo y en este fin de una edad, donde se cierra un ciclo… Un tiempo, quizás, de catarsis. Así es como los nietos volvemos la vista atrás y escudriñamos en la existencia de nuestros ancestros e interrogamos las constelaciones de las vidas que nos precedieron. Una tarea amorosa. Un cometido esencial. Una pregunta tierna. Que así es o debe ser la poesía: un acto de vida y un acto de amor.

El largo poema dramático O estado salvaxe. Espanha 1939, de Pablo Fidalgo Lareo, se compone de estos dos actos en sus dos actos, en los que hablan respectivamente las memorias cruzadas de su abuelo y abuela maternos. Una obra de teatro que, siendo una dramatización de la vida, niega la ficción de lo literario y deviene vida expuesta en su más íntima verdad, en palabras de la abuela al inicio del segundo acto: “Esto no es una obra de teatro, es un acto de vida”.

De esa manera, la memoria del abuelo traza, por medio de las imágenes en súper8, la historia afectiva de su familia, los momentos de ocio y placer de su mujer y sus hijos que, en fotogramas silenciosos, transmiten una isla de felicidad en medio del caos emocional impuesto por la dictadura. La obra de Fidalgo verbaliza, no obstante, el negativo de la foto, en la que quedan impresas las imágenes nunca vistas y sólo descubiertas por los ojos que escrutan la pureza: las imágenes del dolor, del remordimiento, de la supervivencia, de la simulación. Y de esa manera, sobreimpreso a los fotogramas, surge un intenso parlamento de un extremo confesionalismo, que es en realidad la reinterpretación del abuelo hecha por el nieto. Porque el nieto precisa de la interpretación, interpreta al abuelo para que termine el teatro y la vida se abra paso definitivamente. Para que algo se esclarezca. Para firmar la paz. Para que la catarsis se extienda de forma aristotélica: como un proceso purificador y como una asunción del propio destino.

El abuelo graba sus amores. Los fija en los momentos de expansión vitalista. En la emoción. En la alegría. Es el hombre de la familia, el garante de la estabilidad en el papel patriarcal que le fue asignado en la obra que vive. El profesor. El padre. De familia acomodada. El que perdió seres queridos en la guerra pero debe seguir adelante. Vio fusilar a un tío suyo. Y otros dos sufrieron cárcel y exilio. Así como en el entorno de la ría de Vigo, habían muerto paseados José y Antonino Comesaña, albañiles. Adolfo Monroy, fogonero de buque. Antonio Pérez, conductor de tranvía…[1]. ¿Cuánto dolor hay que sepultar para construir una familia feliz? ¿Cómo puede ver con pureza el mundo una retina que vio matar a uno de los suyos?

Frente a la isla feliz de las imágenes de la familia, había una isla cercada por las olas del dolor y de la tortura en San Simón, sin barquero ni remador, una caja de Pandora donde sólo quedaba en una esquina, sobreviviendo a duras penas, la Esperanza. La madre del abuelo llevaba alimentos a la isla, en solidaria poesía silenciosa cargada de un sentido histórico que modifica la trayectoria de los astros.

El abuelo hace recuento de los aciertos y de los errores. Resume la existencia para regresar al útero limpio de todo mal. Mejor dicho, el nieto hace el recuento de los aciertos y de los errores del abuelo y resume su existencia para comprender la Historia desde la intrahistoria de los suyos. Y así, consumar los días del abuelo y devolverlo al útero materno, ahora purificado por la poesía tras una revelación del vértigo del yo. El texto de Lareo es un texto vertiginoso, poderoso, insolente, brutal, tierno, descarnado y disolvente. Explica el individuo, explica la familia, explica el colectivo. Se explica. Nos explica. Las últimas imágenes de ese primer acto son de una belleza antigua e intrauterina: la abstracción del final de la cinta, las manchas casi de Michaux, el borbotón de la nada, la involución, el regreso, la retracción y el silencio, donde el nieto no dice y el abuelo no ve. Y todo se comprende. Y todo se perdona.

El segundo acto pone en escena no sólo la voz sino la presencia física de la abuela, que es la actriz que representa su propio papel, donde la vida y la poesía se funden finalmente para negar la literatura. Pues es preciso que ya todo el resto sea literatura, como quería Mallarmé, y que nos quedemos en la poesía de la vida, en los actos concretos y materiales del amor. En la palabra que crea. La abuela sale a escena. Tiene 85 años pero tiene el brillo y la inocencia de una niña. Nació en O Barco de Valdeorras.

Cuando estalló la guerra, había una niña en un Barco varado en el interior de Galicia. Ella sí, conoció la muerte de los hermanos pequeños, conoció la enfermedad, conoció la dura supervivencia en el rural desasistido de la ciencia y del progreso, donde la mortandad infantil era elevadísima. Donde no se pasaba hambre pero sólo se comían patatas y pan negro. Donde se soñaba con el pan de trigo, blanco como un ángel en medio del infierno. Puede aprender una a sonreír en el centro de la catástrofe, e incluso a bailar, como Zorba. Puede salir una al mundo conociendo la miseria. Puede amarse. Puede una soñar que se va con los gitanos. Y en su sueño ser libre como sólo lo son los gitanos errantes que no conocen patria.

La epopeya íntima de la abuela contada por sí misma es dramáticamente imponente. Tal vez porque la poesía es impúdica, y sobre todo porque a las mujeres aún no les estaba permitido decir lo que sentían y sabían, como bien advirtiera Rosalía de Castro. La niña varada en el Barco interior dirige, a los 85 años, en público, una carta a sus nietas. Ollos da miña nai, sen eles a miña historia non ten ollos, dice Xohana Torres. La voz de la abuela surge desde la infancia para transferir un testamento vital a las nietas, un testamento de supervivencia desde la intrahistoria que fue siempre el gineceo de las mujeres. Y si la historia del abuelo se desarrolló en el ámbito público, ella sólo se había asomado a lo público a través del teatro en la niñez. Al teatro regresa a los 85 años, no como ficción sino ahora como un acto de vida, necesario y justo.

El nieto re-escribe la historia de la abuela, o le da voz a su silencio, llena los huecos con la palabra. Ella es la otra mitad de aquella España dividida por una guerra. Como es testimonio vivo de una fractura lingüística en la migración de lo rural a lo urbano. Aquella lengua materna, extirpada. Aquella lengua materna nunca olvidada. Aquella lengua tapeada para vivir en otro lugar, en otra lengua, en otra vida. El desarraigo y el desclasamiento. Aquella niña vivía en una imagen surreal: en un Barco varado en la paz absoluta tierra adentro, pero la guerra la empujó al mar de Vigo, donde todo cobró de repente una realidad atroz y hubo que dejar de vivir en la poesía, para poder sobrevivir.

Y en los oscuros tiempos de la dictadura amaba y se convertía en madre y de esa manera la vida triunfaba por encima de todo. El testimonio humano de la mujer que se asoma a sus días y hace recuento de su intrahistoria dice todo de nuestra Historia oculta, de nuestras marginaciones, del coraje, y de las renuncias, de un modo de hablar como quien se arranca la lengua.

Y es que, como dice el cineasta Nanni Moretti, “cuando ya fueron destruidas todas las certezas, el único recurso que nos queda es el relato de la vida íntima”. En este fin de una época, en el fin del mundo, la abuela habla con voz humildemente oracular Hermosa como una vieja. Hermosa como una vieja. Hermosa como una vieja.

La pureza definitiva

Dice Marcel Proust que “sólo procede de nosotros lo que arrancamos de la oscuridad que hay en nosotros y que los otros no conocen”. Desde esa extracción escribe Pablo Fidalgo Lareo el acto de vida que es ese texto bífido sobre la estratificación sentimental de la familia, y por lo tanto de la humanidad, y más allá, del individuo. Sin embargo, para escribir desde ese lugar, en primer lugar, hay que estar en posesión de una “memoria excesiva”, como él dice en su poemario Mis padres: Romeo y Julieta (2013).

Ese caudaloso recuerdo se extiende en su obra desde los abuelos y los tatarabuelos a los padres, para desembocar en él y ramificarse en el resto de la familia, en los sueños, en las obsesiones, en los miedos, en la intensa y fugaz felicidad. Lareo confiesa en su libro, que por su primer amor llegó al teatro y por él lo abandonó. Por eso Mis padres: Romeo y Julieta va del teatro a la vida y sale de él para internarse en ella de una manera desgarrada. Y por eso la obra de teatro O estado salvaxe. Espanha 1939 deja de ser teatro para convertirse en un acto de vida. Romeo y Julieta es un largo poema que se interna en la grandeza del eterno amor imposible y al mismo tiempo en el fracaso del amor, que es también el fracaso de un país dividido:

Nací del único amor grande, verdadero, loco,

que en esta casa se recuerda.

Nadie me lo puede perdonar.

Fui pensado como un país.

Yo había nacido de un amor imposible

y los hijos de amores posibles nunca pudieron competir conmigo.

Ser hijo de Romeo y Julieta es un destino excesivo para un autor de teatro. Sobrevivir a la muerte del amor es el destino de un poeta del amor. Practicar la paz debería ser el destino de los herederos de una guerra.

Lareo escribe herido de belleza, en la búsqueda de lo sagrado, sediento de absoluto, y desde un salvajismo irredento lanza una pregunta esencial: si la suya es una pureza definitiva. Pide que sus padres se reconquisten tan sólo para que él pueda verlo, como un niño que sigue siendo niño mil poemas después. Sabe dónde fue concebido y crece con la madre y entra y sale de la casa-útero en un juego terrible y especular que lo abruma por momentos. Tiene la terrible ternura de la herida infantil incurable y la tensión de una vejez emocional adquirida en la experiencia a cuerpo abierto. Es incansable en la búsqueda de la verdad que no existe. Va sin escudo a una guerra familiar dispuesto a reescribir su propia historia para terminar con la tragedia y con la Historia:

¿Qué prueba interminable estamos pasando?

¿Cuál es la verdad de los hechos?

Yo en mi familia sólo soy un personaje histórico.

Nadie tiene tiempo para saber si realmente existí.

Y en esa tragedia comunal, Romeo y Julieta son seres libres y salvajes que conciben la poesía en un acto de deseo arrebatado, más allá de toda convención y de toda convicción. Lo irracional salva. Y así Lareo experimenta la inmensa fragilidad de las grandes construcciones simbólicas:

Yo soy hijo del deseo cuando aún

no se toca con la palabra amor.

Mis padres tienen que ensayar la libertad

y encuentran un faro al que encadenarse

para probar su fuerza y fracasar.

¿Puede ser el poema una reparación y traer a escena a Romeo y Julieta? ¿Verlos amarse y verlos fracasar? ¿Y sentirse uno el fruto de ese amor que Shakespeare no logró imaginar siquiera? Ir más lejos que la tragedia es condición de la vida. ¿Puede reintegrar el poema espacios y evidenciar la ecuación einsteniana por la que tiempo y espacio se funden? ¿Y que el hijo se vea antes de nacer y pueda reconstruir la intrahistoria y consolarse así de los fracasos futuros? ¿Puede hacer el poema esto?:

Pasé toda mi vida regresando a un sitio

que sólo existía en la mejor época de la mente de mis padres.

Y si es así, claro, “Nuestro proyecto desde entonces es volver / allí donde hemos amado con locura”. Así es la memoria del amor. Re-cordis. Lo que vuelve a pasar por el corazón. Preciosista en la precisión. Nostálgica e inmensa. Alegre en el dolor. Una forma superior del pensamiento, donde nada se escinde. La poesía es también reintegración porque “Sólo al atravesar las palabras, / al rescatar la poesía que queda entre los siglos, / la historia puede volver a contarse (…)”. Y esa historia de los padres encarnada en el hijo es la Historia de un país encadenándose a las generaciones venideras:

Mis padres se equivocaban cuando piensan

que sólo existe un problema familiar

cuando todo un mundo está destruyéndose.

Yo iba a sentir desde niño un deseo

por ver todo lo que no se enseñaba

comprendiendo que mi país estaba oculto.

(…)

Mi oficio aquí es decir con claridad:

reniego de mí mismo y de todo lo que me rodea.

Yo sí reniego de mis orígenes.

Yo sí reniego de la pobreza.

El oficio del poeta es decir la claridad, pues ya sabemos que “sólo procede de nosotros lo que arrancamos de la oscuridad que hay en nosotros y que los otros no conocen”. Desde esta condición distópica, la escritura vuelve a la superficie con una gran piedra negra en la mano, extraída del fondo donde no se sabía que estaba una gran piedra negra. Y en la mano adquiere los tonos imposibles de la pureza.

La poética de Lareo va una y otra vez a ese no-lugar para regresar en carne viva y exponerse a la luz incluso exhibiendo las heridas. La poesía puede ser impúdica. A veces debe serlo necesariamente, y en ese momento, como dijo Amiel, “la poesía es una liberación porque es una libertad”. La poesía cura. El amor salva. Entréme donde no supe, decía San Juan. Sabemos, leyendo a Romeo y Julieta, sintiendo que el fruto de su imposible amor fue la palabra total, que la poesía es el más verdadero estado salvaje. Y por eso el hijo de ellos escribe encarnando el final del drama y el comienzo de la poesía —esto es, la pureza definitiva— en el fin del mundo, cuando dice: “Sé salvaje cuando comprendas igual que cuando no comprendas”.

Yo creo firmemente que la poesía mueve objetos en la distancia, como en la escena de Solaris de Tarkovski. Y que escribir desde la memoria personal, desde la memoria familiar, es percibir el movimiento de las cosas un siglo después, allí donde hubo un baile verdadero. La intrahistoria del amor.

Olga Novo (Vilarmao, A Pobra do Brollón, Lugo, 1975) es poeta y ensayista, licenciada en Filología Gallega por la USC. Como poeta se dio a conocer a través de tres libros de poemas de gran torrente vivencial: A teta sobre o sol, Nós nus, A cousa vermella y Cráter (Premio da Crítica, 2012).

[1]              Del poema “Ondas do mar de Vigo (cantiga de amigo)”, de Claudio Rodríguez Fer, en homenaje a las víctimas del franquismo de la ría de Vigo. Incluido Poemas polas vítimas do 36 na ría de Vigo e Pontevedra, col. “Poesía para todos”, Unión Libre, Lugo, 2014.

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