Crónicas de O estado salvaxe en el Leal.lav

Crónicas de Adán Hernández y Roy Galán del paso de O estado salvaxe. Espanha 1939, por LEAL.LAV el 13 de marzo de 2015.

Por Adán Hernández, publicado en lagenda.org:

La vida de los otros.

O estado salvaxe, Pablo Fidalgo.

Pienso en una de las escenas finales de la peli alemana que sin querer ha dado título a esta entrada, donde el personaje del dramaturgo, ya en la Alemania reunificada, descubre que su piso había sido microfoneado por la Stasi. Perplejo, no se explica cómo puede haber salido ileso de la trama si se conocían todos sus movimientos ¿Qué es lo que hace entonces? Nada más y nada menos que acudir a un archivo. Expone su caso. Recorre largos pasillos con una funcionaria, que le da montañas de carpetas con las trascripciones mecanografiadas que la policía del régimen había realizado de todos sus movimientos y conversaciones. Su vida cotidiana en aquella casa recogida durante años en pilas de papel.

Esta escena, nada dramática ni intensa, más bien utilitaria, que lleva la narración de una cosa a otra, se me quedó clavada. A veces pasa con algunas películas lo que con algunas personas, que portan detalles capaces de agarrarse a algún lugar del que ya no se van, aunque se vayan. Me pregunto cuántas veces se debe a la agudeza del detalle, su potencia, y cuántas a que la zona en la que enganchan sea especialmente sensible a recibirlos, como tal vez ocurre con el mecanismo del aprendizaje. Aquí en concreto no tengo ni idea. Solo se que la peli me mantuvo a un palmo del asiento y al acabar necesité los vinos y la conversación larga para respirar de nuevo con normalidad. Qué movida, ¿no? Debe ser la mejor parte de ver pelis acompañado, y al contrario, si uno suele acabar en estas situaciones a solas, puede encontrarse ahí el origen del síndrome de sentir que uno tiene tanto por compartir (pero esa sensación ha de llamar de alguna manera, fijo, porque el nombre que me acabo de inventar para ese síndrome no es nada comercial. A lo mejor se llama simplemente soledad).

A solas o acompañada, es difícil que cualquier persona no salga conmovida, incluso removida, de ‘O estado salvaxe. Espanha, 1939’, de Pablo Fidalgo. Esta afirmación ha sido dermatológicamente testada en humanos el pasado viernes en el LEAL.LAV. Pero es que además estoy seguro de que quienes tuvimos la suerte de llenar la sala nos fuimos pensando que acabábamos de ver uno de esos trabajos que tendría que ver todo el mundo. La pieza tiene dos partes (y un bis tan incontrolable y maravilloso como la vida, porque es la vida).

La primera: CINE DE BARRIO.

Oscuro. Se proyecta una película.  Está realizada a su vez con fragmentos de películas caseras rodadas en super-8. (¡Uy, no! En 8, un formato anterior, aún no super, el propio Pablo me lo corrigió). En la pantalla una colección de escenas domésticas, los momentos que una familia considera que han de quedar preservados para algo llamado posteridad. Domésticos, decimos, por convención. El paso del tiempo y una mirada nueva nos permiten ver que lo doméstico es una piel de cebolla a la que suceden otras capas más profundas y gruesas.

Vemos la sobremesa del domingo en casa, cuando nos reuníamos. El tiovivo que volvía cada año con la feria. Aquel cumpleaños. El día que alquilamos lanchas de pedales. La merienda de todos los pequeños. Los castillos de arena que hacíamos. La escenografía para una felicidad construida con colores apastelados y luz saturada, que se mezclan al pastel del color de la memoria, a la sobreexposición del recuerdo. Imágenes que son elipsis temporales en la historia de una familia y que suponen otra elipsis: la de las imágenes invisibles, no grabadas, un fuera de plano registrado solo en lo vivido, imposible de proyectar tan fácilmente en la pantalla del otro.

Vemos en la sucesión de escenas cómo algunos personajes cambian con el tiempo (pero, ¿podemos llamarles personajes?). Sobre las secuencias, la voz del propio Pablo Fidalgo. Ahí, al audio del vídeo es donde la ha relegado para hablarnos sin dirigirse a nosotros, para comentar las imágenes sin referirlas con exactitud. La imagen ya es exacta en su imprecisión. De algún modo, es con ellas con quienes dialoga, interrogándolas, exigiéndoles que le den algo del recuerdo que ocultan, algo no contado. Ahí también es el sitio donde Pablo ha colocado parte del texto de su pieza, ocultándose tras él como un autor que mirara lo que ocurre en escena desde las bambalinas, ahí, en ese teatrillo, la palabra como máscara.

Porque esa voz que es la grabación de la suya tampoco se dice a sí misma. El texto en primera persona se pone en el lugar imaginado y conocido de quien rodara las películas, en esa necesidad real de grabar. La voz de su abuelo (y todos los abuelos), padre de familia en la postguerra española (y todos los padres de familia). Sus palabras crean un mantra que acuna las imágenes, una nana terrible que no pierde naturalidad (hay errores, tropiezos y correcciones en lo que escuchamos, como en las imágenes, errores que nos reafirman el presente, el nuestro como espectadores, trayendo el relato y la imagen con nosotros). Una naturalidad que permite la entrada de la poesía, al hablar de la relación entre imagen y memoria, sobre la pérdida de la vista (y más cosas) o cuando la voz se interroga sobre el papel que ha jugado en su familia, el tiempo perdido, las mentiras contadas y creídas.

La segunda: UNA CARTA.

Acabada la película, se enciende levemente un foco que nos trae el paso lento de unos tacones. Ante nosotros, la única performer de la pieza. Se presenta. Su nombre es María Mercedes. Tiene 86 años recién cumplidos. Ha viajado desde Vigo para acompañarnos. Es la abuela de Pablo, y antes de ir a sentarse a la mesa del fondo nos dice: ‘Probablemente muchos han venido a ver una obra de teatro. Pero esto no es una obra de teatro, es un acto de vida’.

Sobre la mesa, a la luz de un flexo, primero coloca distintas fotografías antiguas en las que aparece. Se proyectan en la pantalla. Luego nos lee una carta escrita para sus nietas. Para contar su vida y que sus nietas accedan a saber quién fue. Para saber también el país y el contexto que la hicieron ser algunas cosas y no otras, el esfuerzo para conseguir lo poco que era posible. Para mostrar arrepentimiento, impotencia o resignación. E ingenuidad, todavía. Para reirse de sí misma. Para que todo eso se sepa. Y para que de algún modo podamos ver otra película, no grabada, presente en la memoria de una mujer (todas las mujeres). Solo el relato, sin las elipsis del vídeo doméstico. Sin cortes que contengan la ficción de los recuerdos grabados. Una carta sin distinción entre la vida familiar, sus alegrías, unas tremendas ganas de vivir, el amor a lo largo del tiempo y lo otro: un profundo terror, silencioso, casi imperceptible, debajo de todo, encadenando las frases una a otra.

Hubiera sido muy fácil que otro, con una idea similar, hubiera caído en cierto sentimentalismo y no hubiese podido resistirse a la tentación de incluir el efectismo del drama. Pero el público nota que en esta propuesta no hay una idea, sino una necesidad.

 

Por Roy Galán, en su blog BORRADORDECABEZAS:

O ESTADO SALVAXE. ESPANHA 1939.

Sobre aquel que se considera creador planea siempre una ligera y desagradable sensación de estafa. Esto se debe a que toda obra artística debe sustentarse en algo tan poco común como es la honestidad. Y es poco común porque para saber lo que es honesto hay que saber primero lo que no lo es. Es decir: Para saber lo que uno es, uno debe saber primero lo que no es. Esto requiere de un ejercicio de conocimiento propio que no todo el mundo está dispuesto a llevar a cabo.

Siempre es más fácil ser un farsante.

Pablo Fidalgo, sabe perfectamente quién es.

Y lo mejor es que sabe con claridad meridiana qué es su familia y qué representa su historia.

Por eso esto no es una obra de teatro, es un acto de vida.

Porque es verdad.

Descansar los pies en el taburete de la verdad. No hay nada que creer. No hay nada que fabular. No hay que hacer un esfuerzo para entrar como espectador.

Nadie hace un esfuerzo para entrar en la vida.

El esfuerzo lo hacen tu madre y tu abuela y la abuela de tu abuela.

Y luego ya estás en la vida.

Pablo está en la vida, eso se nota. Tal vez, por eso mismo, intuyo que se ha alejado de la mentira de la dramaturgia. Esto no es neorrealismo gallego. Esto es real.

Así que Pablo ha invertido los papeles de la ficción. Él cuenta la historia de sus abuelos, Manuel y Mercedes, en un tiempo de guerra y de dictadura. Manuel y Mercedes, dos caras de un espacio en el que uno no podía ser uno mismo, y lo salvaje estaba dentro de cada casa, en la que sucedía la verdad, pero que nunca se mostraba. Ahora Pablo, el nieto pródigo, abre esas puertas y deja salir a las bestias de sus abuelos.

Manuel, hombre de ciencias, cobarde, intelectual, empeñado en arañar sentido a la vida a través de la grabación de películas en un acto de soberbia desmedido, porque cuando la gente se muere uno no puede hacer películas. Cuando la gente se está muriendo, o ayudas, o te mueres con ellos. Manuel representa a todos aquellos que quisieron trascender de aquello que les ha tocado vivir sin conseguirlo.

Vemos las grabaciones que Manuel hizo y la voz en off de su nieto Pablo.

Me viene a la cabeza el Arrebato de Zulueta: “”La pausa es el talón de Aquiles, el punto de fuga, nuestra única oportunidad”.

La pausa de cuando Manuel dejó de grabar, de sentir ese miedo a desaparecer, la pausa de Mercedes cuando dejó de trabajar porque cayó enferma y se dedicó a leer y casi desaparece.

La única oportunidad que tuvieron, en un tiempo devorado por sí mismo, de ser ellos.

Mercedes, de 86 años, sale al escenario.

Mercedes domestica el tiempo, como Guerín y su Tren de Sombras, y va pasando y acumulando una tras otra las fotos de su pasado, para a continuación, ir deshojando uno a uno los folios de una carta margarita (me quiero, no me quiero) dirigida a sus nietas, dándole la vuelta al papel, dejando en blanco las hojas de nuevo, haciendo que lo único que perdure sea su voz.

Pablo es su abuelo. O más bien es el acto valiente de su abuelo. Pablo rescata a Mercedes de ese tren se sombras, y le da su lugar, su importancia: Sí, abuela, tú sobreviviste. Tu historia debe ser contada. La convierte en actriz de su propia vida, le da valor. Y es precisamente con ella, que no tuvo los medios para crear, para filmar, que no es alguien que quiera trascender, sino que simplemente ha sido, con la que nos deslumbra.

Pablo nos dice que no nos empeñemos en crear. La creación ya está hecha. Solo hay que transcribirla.
Eso lo que deberían hacer todos los nietos.

Escribir una carta para que las abuelas se la lean a sus nietas, con sus historias de amor y dolor, para que no se olviden y puedan transmitirla a sus hijas y a sus nietas.

Pablo sabe que en las mujeres está el cambio, porque ellas son las sufrientes portadoras de la verdad, porque son las que crían.

O estado salvaxe. Espanha 1939. es un acto de amor para vencer a la muerte.

Para que la historia persista en nosotros cuando Manuel y Mercedes se queden ciegos de mundo, tomados de nuevo por el vientre de su madre de uno en uno.

Para que no sean polvo.

Y para que ambos sobrevivan una vez más.

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