Contra mí vivíamos mejor

Contra mí vivíamos mejor. (Ediciones Neutrinos; Rosario, Argentina, 2014)

Contra mí vivíamos mejor

A modo de prólogo

Por Daiana Henderson

La presente edición es una selección de los tres libros que constituyen, hasta el momento, la obra poética de Pablo Fidalgo. La frase que da título al libro, Contra mí vivíamos mejor —posiblemente enigmática para quien se encuentra con ella por primera vez—, tiene su raíz en la historia reciente española. “Contra Franco vivíamos mejor” es una locución atribuida, según varíe la fuente, al actor Paco Rabal o al escritor Manuel Vázquez Montalbán, la cual invierte el comentario típico de derecha que expresaba su añoranza por la época franquista. Convertida con el tiempo en dicho popular, se utiliza para referirse, por un lado, al hecho de que durante la transición, la lucha del pueblo español se vio aunada contra un solo enemigo atomizado, Franco, por el deseo de establecer un régimen democrático. Por otro lado, se utiliza en referencia a que durante esa etapa la sociedad civil recuperó su espíritu crítico, por lo cual los tiempos finales de la dictadura —y junto a esto, la eliminación de la censura que durante más de treinta años se aplicó al periodismo y a la literatura— aparecen en la memoria colectiva española como un momento positivo para el pensamiento crítico y el desarrollo del arte. En suma, remite a un momento de convivencia armoniosa, pasado y perdido.

Los libros que integran esta selección, La educación física (2010), La retirada (2012) y Mis padres: Romeo y Julieta (2013), los tres publicados en España, son de alguna manera un mismo libro que se contrae y se expande. En una búsqueda por reconstruir la historia personal, las dudas gestan nuevos interrogantes que se multiplican hasta el infinito, generando una especie de fórmula matemática que en el afán de alcanzar una afirmación exacta sólo consigue complejizarse, esfumando paulatinamente la esperanza de encontrar una respuesta clara que tranquilice a una mente perturbada.

El sujeto de los poemas emprende un trabajo que podría asemejarse al proceso psicoanalítico, donde utiliza el lenguaje en sus funciones metafóricas y literales en un intento de poner en palabras lo propio, lo familiar y lo íntimo, para aprehender los sucesos históricos y las decisiones familiares que lo llevan a estar en el punto geográfico, histórico y personal donde se encuentra parado. Al ponerle palabras para un otro (sea éste el psicoanalista, el lector o el enunciador convertido él mismo en enunciatario en el monólogo), el sujeto se transforma, para ese otro y para sí mismo, en un algo narrable.

El narrador cuenta con unos pocos elementos arqueológicos de su historia pasada, que desparrama sobre una mesa e intenta hacer encajar. Traza líneas, conexiones, fronteras, generando un mapa cada vez más extraño, con la obsesión por reconstruir la geografía original. “Si consigues orientarte sólo con mis palabras, / sin otros mapas ni otros libros, / tu mente se irá reparando y llegarás curada”, dice en un poema de Mis padres.

En la búsqueda por esclarecer la sucesión de errores y accidentes que lo llevan a su lugar actual, se abre una grieta de la que surgen, unos tras otros, los interrogantes. Estas preguntas aparentemente retóricas están, sin embargo, esperando su respuesta definitiva, las palabras que den orden a lo que se encuentra estallado en mil pedazos. Fidalgo va tras las huellas de su pasado, íntimamente ligado a Argentina, país adonde parte de su familia emigra durante la guerra civil española (“Jóvenes del sur (…) / habladme de cómo es la vida en vuestra tierra, /habladme de lo que debo hacer / para que cuando llegue pueda amar y jugar, / para que no perdamos tiempo.”). En una estructura fuertemente dialéctica se cristaliza el trabajo y la vocación de Pablo Fidalgo como dramaturgo. A lo largo de estos casi cuarenta poemas, los personajes que aparecen y desaparecen como fantasmas comienzan a volverse familiares para el lector, mientras que se convierten en seres cada vez más extraños para el autor.

“Estos son mis padres en sus primeras noches: / cada uno en su cama hace un mapa perfecto / y al acabar se lo muestra al otro. / Todo está aún por conquistar.” El retorno a un momento pasado, anterior incluso a su propio nacimiento, se encuentra motivado por la búsqueda del significado que él mismo constituye, como pieza, en la vida de sus padres, que se ven expulsados el uno de la vida del otro a partir de su aparición.

La historia no se sucede a lo largo de estos poemas como un relato lineal ni cronológico. Los sucesos del pasado, del presente y del futuro incierto se superponen y se dan cita en la casa familiar de infinitas dimensiones, donde los numerosos cuerpos que vivieron allí duermen unos sobre los otros. La historia de Fidalgo es la historia de un país y en su lucha por comprenderla explora la relación que su familia establece con el arte: “Todos estábamos pintando la familia / pero no éramos exactos”, escribe en un poema, y en otro: “Cada uno sabía lo que quería pintar / pero ninguno se ha atrevido a retratarse. /(…) Hemos mezclado nuestra sangre / y no hemos encontrado otro color.”

El sujeto regresa a la infancia, a la etapa más cercana de aquel momento puro y definitivo, vuelve incluso a la habitación de hotel en la que fue concebido, compartiendo con su madre la cama matrimonial que otrora compartieron sus padres. Y comprende que la casa de la que toda la familia huye y a la que todos regresan incesantemente, está cimentada sobre un pacto de silencio. “Mis padres pensaron que algunas cosas / no tenían por qué contármelas / y nunca olvidaron la única decisión / a la que pudieron llegar: el silencio.”

No nos encontraremos, en estos poemas, con una escritura del yo llana, regular y plenamente autorreferencial, sino que veremos a todas las voces que conviven en la nebulosa del pasado intervenir e interrumpirse unas a otras, generando un bullicio general, una sucesión confusa de descripciones que esconden las palabras claves.

El orden ancestral, sostenido sobre secretos, silencios y elipsis temporales que impiden cerrar el círculo, es interrumpido por la llegada del niño que lanza las preguntas ocasionando una terrible incomodidad. Fidalgo es el niño de las preguntas inoportunas, tremendas, impiadosas, las que apuntala para comprender su existencia y lo que ella tiene de irreparable para los demás. Llega, como un niño, a invadir el silencio con una voz increpante que no se calla: “He estado hablando sin parar durante años. / Mi vida ha sido simple, sólo esperando que me digas / así se habla, así se habla.”

D.H.

 

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