Prólogo Tres Poemas Dramáticos. Álvaro Valverde.

UN ARTE DE VIVIR

Lo primero que leí de Pablo Fidalgo fue su tercer libro, Mis padres: Romeo y
Julieta. Me sorprendió, disfruté con su lectura y me atreví a reseñarlo en un
suplemento literario de esos que llaman de referencia, aunque éste quizá la
tenga ya muy perdida. Allí dije que no dejaba de ser «el relato de una vida,
desde antes incluso de nacer: “Fui creado en un hotel, en un viaje, / y eso lo
marcó todo”. De su vida y, conviene precisar, de la de sus padres, auténticos
protagonistas de esta apasionante, imposible historia de amor que da lugar, ya
ven, a un gran poema de amor». Llegó después Autobiografía de mi generación,
unido a un proyecto del ciclo Material Memoria perteneciente a la exposición
Veraneantes que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporánea de Vigo
(MARCO), entidad que lo editó en forma de libro. Incluye O estado
salvaxe. Espanha 1939, una performance, podríamos decir, que uno prefiere
denominar, como Fidalgo, “pieza”. ¿Teatral?, cabe preguntarse. Uno se
responde: poética, y basta. Sobre ella escribí: «…toman la palabra (…) sus
abuelos. “Somos una generación que tiene en sus abuelos a sus referentes
vitales”, escribe Fidalgo. Primero su abuelo Manuel (1921), el autor de las
películas (donde, según su nieto, grabó el silencio durante cuarenta años), un
hombre íntegro que reflexiona con una lucidez envidiable sobre su vida, la de
alguien que, del todo condicionado por las circunstancias, sufrió la guerra (que,
insiste Fidalgo, no está resuelta) y la Dictadura. Después, le toca el turno a la
abuela, Mercedes (convertida en actriz), del 28, que escribe una larga e intensa
carta para sus nietas: “Rahel María Ana y Clara”. “Para que sepan que la libertad
de las mujeres se consiguió con dolor”. “Soy una superviviente”, dice».
Si traigo la cita a colación es porque ésa es una de las tres piezas dramáticas
que componen este libro, junto a Habrás de ir a la guerra que empieza hoy y Solo
hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y destruirme.
La primera es una larga carta (el epistolar es un género que rescata con gran
sentido de la oportunidad Fidalgo) escrita por Giordano Lareo, tío del abuelo del
autor, exiliado republicano en Argentina. Además de continuar con su “proyecto
de investigación sobre la historia de mi familia” (del que estas piezas forman
parte, lo mismo que el libro de poemas comentado al principio), le permite
seguir reflexionando sobre la historia de este país que, según él, “es un espacio
en blanco”. Al fondo, la emigración, esa forma de exilio. “Un hombre solo, en
esta habitación, haciendo pajaritas de papel” (Lareo fue origamista), “un hombre
libre”. “Yo soy un hombre de provincias que miró lo suficiente el horizonte”,
apunta.
La segunda está destinada a adolescentes y su núcleo acaso se resuma en
estos versos: “Solo hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y
destruirme”. La interrelación con el público, igual que en el resto de sus piezas,
se logra, entre otras cosas, por la repetición de determinadas frases que, a modo
de estribillo, reclaman la atención del espectador; aquí: “Has pagado la entrada”
o “Que levanten la mano…” Su propia infancia y adolescencia, recién perdida, le
permite levantar un potente monólogo que podría resumirse en otra frase:
“Estamos aquí para ensayar el futuro”.
Pero quiero volver atrás, al punto en que afirmé, con el debido
convencimiento, que lo que Pablo Fidalgo escribe (“Soy un hombre que
escribe”, leemos en O estado salvaxe, lo que me recuerda un verso de mi
admirada Sophia de Mello Breyner: “eu escrevo”), que lo que Pablo Fidalgo
escribe, estaba diciendo, es poesía. No creo que haya otro término mejor para
definirlo. Por teatro que sea y, claro, lo parezca (y del que a uno le gusta, es
decir: del todo distinto al habitual, para que el que nunca estuve dotado). Lo que
aquí se impone son las palabras. El lenguaje. Ese es el material del que están
hechas estas espléndidas piezas que leemos o escuchamos entre la perplejidad
y el sobrecogimiento. Su intensidad emocional es tan densa como, aparentemente,
frágil o liviana. Tan dulce como amarga.
Digo poesía porque al leerlas uno recuerda “Poetry”, el poema de Marianne
Moore: “A mí tampoco me gusta pero si lo lees con un perfecto desprecio
puedes encontrar un espacio para lo genuino”. Aquí radica, a mi modesto
entender, la clave. Estamos ante lo que es genuino, auténtico, por desgastada
que esté la palabra, no digamos en términos líricos. Es algo que uno deduce
apenas empieza a leer a Fidalgo, alguien a quien, por cierto, cabe calificar, a la
luz de lo leído, de íntegro y honesto, un par de adjetivos más que gastados
también y en absoluto desuso, bien sabemos por qué. Esa es, al menos, mi
experiencia.
Lo autobiográfico es aquí ley, algo que también contribuye a afianzar ese
grado de autenticidad que señalo. Lo mismo que el modelo poético, digamos,
adoptado: el del monólogo (acaso sea pertinente añadir “dramático”), aunque,
oh paradoja, no deje de ser un diálogo: el que el autor establece, quiérase o no,
con el lector o escuchante. Sí, porque los otros, la vida de los otros, lo que otros
piensan o sienten o celebran o sufren es inseparable de estos dilatados, lentos
versículos de talante humanista, de hondo sentido moral, solidaria y humana por
los cuatro costados (social la llamarán algunos), que atiende, sobre todo, a la
dignidad de mujeres y hombres. A su libertad. Que observa lo que les pasa, lo
que nos pasa, lo que a él le pasa, sin olvidar el amor, la guerra, el dolor y, cómo
no, la muerte: “Mi objetivo es ganarme mi muerte”, leemos. Lo real. La realidad
que nos alegra y que nos atormenta. En ese sentido, que nadie venga buscando
en estas páginas lindezas liricoides, verbosidades enojosas y melifluas
vaguedades de esas que algunos confunden con la pobre poesía.
La vida, para Fidalgo, es algo sagrado. Y a “lo sagrado” remite en numerosas
ocasiones desde un mundo sin dios.
El lector o el espectador son el público de los aludidos versículos que, si bien
están destinados a ser dichos o recitados en voz alta, nunca son altisonantes. Su
tono es íntimo, para ser escuchado con la frecuencia en que se ofrecen las
confidencias, casi al oído.
Un tono, me gustaría precisar, que percibo inspirado y pleno de pasión, fruto
de un natural discurrir de la conciencia –sentimiento y pensamiento-, y no tanto
como texto elaborado y formal que uno construye a fuerza de oficio y disciplina.
Bien sabemos, es cierto, que la sencillez y la claridad no caen del cielo, pero esa
tarea contra la indeseable retórica (en tanto que “uso impropio o intempestivo
de este arte” -el de la retórica- y “sofisterías o razones que no son del caso”,
según recoge el DRAE), es un acierto que se agradece y que, en suma, reafirma
el carácter legítimo de esta propuesta que no renuncia a cierto grado de
espontaneidad.
Monólogos que son diálogos, en los que el lector o espectador no puede evitar
sentirse arte y parte, protagonista de los hechos que se narran. Sí, porque el
componente narrativo -el contar- es también esencial aquí. Las piezas de Fidalgo
son testimoniales y, diría más, testamentarias. Dan cuenta de lo que le sucede a
él o a los suyos (eso que, no sin ambigüedad, denominaría, familia, esa
“enfermedad imposible de extirpar”, otra de las claves de este empeño) y
quieren perpetuarse en el tiempo (la memoria es otro motivo recurrente), para
que no se olviden. Fidalgo pone voz a personas que han existido o existen, pero
que no siempre pudieron verbalizar por sí mismas lo que sentían o recordaban.
El exilio, la huida, es otro de los grandes temas de estas piezas dramáticas. Basta
recordar a Giordano Lareo, protagonista de una de ellas. Le gustaría leer a uno
esa pieza de Fidalgo que nos permitiera comprender mejor lo que está
ocurriendo en Europa con los refugiados sirios. Sirios y, por supuesto, del resto
de ese terrible éxodo que procede de medio Oriente Medio y del norte de
África. Del resto del mundo. Tan parecido, pongo por caso, al de los
republicanos españoles tras la Guerra Civil, que está en el centro de las
obsesiones de este autor.
Los personajes de este autor (y digo personajes con reparo: tan reales me
parecen) son hombres y mujeres, como él, a la intemperie. Gente que ha
resistido. Supervivientes. Hijos, diría, de la pobreza. Muchas veces, nómadas. O
viajeros. O emigrantes, lo que salvando el tópico, es casi inevitable para un
gallego.
Hay una constante tensión entre el ir y el quedarse que recuerda aquella
pregunta que se hacía Elizabeth Bishop en su poema “Question of travel”:
“¿Deberíamos habernos quedado en casa, dondequiera que eso quede?” Entre
la casa natal con los paisajes de la infancia (a pesar de que “Toda infancia es un
infierno) y la que nos espera en cualquier parte: “Yo soy un exiliado”. En Solo
hay una vida… leemos unas elocuentes palabras de Héctor Tizón: “La vida de un
hombre es un largo paseo alrededor de su casa”.
El propio Fidalgo es un consumado viajero. Por Italia (con inevitable escala en
Sicilia), Portugal (en la actualidad reside en Lisboa) o Argentina (como podemos
comprobar en su pieza Habrás de ir a la guerra…, donde visitamos con él la
Patagonia, Buenos Aires, Mar del Plata). El viaje como forma de ser. Como
manera de estar.
Termino. Aunque a ratos pudiera parecerlo, no estamos ante la obra de un
agorero o un pesimista. Detrás de sus palabras, dignas de un ser radical (“ser
radical es atajar el problema de raíz”, dijo Marx en su Crítica de la filosofía del
derecho de Hegel), siempre nos aguarda el consuelo. La piedad. La compasión.
Fidalgo no es un sombrío agonista. Confía. En sus monólogos, que son diálogos,
hay esperanza, por desacreditado que esté el término.
Cuesta creer, en fin, que con apenas treinta años alguien pueda tener la
lucidez suficiente como para escribir estas piezas extraordinarias que uno
esperaría de alguien que ya ha vivido mucho. Y mucho, en rigor, ha vivido Pablo
Fidalgo a la vista de lo que ha sido capaz de expresar, y cómo, en estos Tres
poemas dramáticos.
Al final, uno resumiría este ambicioso proyecto de investigación (que ya es
mucho más que eso: todo un mundo) con este verso: “El arte de vivir es vivir lo
que nadie ha vivido”. En esta tarea anda empeñado este hombre joven al que
deseamos salud y una larga y feliz travesía.
Álvaro Valverde
Plasencia, septiembre de 2015

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