Reseña de “Esto temía, Esto deseaba”, por Carlos Alcorta

Reseña publicada por Carlos Alcorta en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañes, el 26/05/2017 y en su blog.

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PABLO FIDALGO LAREO. ESTO TEMÍA, ESTO DESEABA. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2017

Pocas trayectorias poéticas recientes han gozado de un consenso crítico tan abrumador desde su primer libro, “La educación física” (2010), como el que disfruta, con todo merecimiento, Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984), un poeta que salta a la escena poética —la otra, la escena teatral, la frecuenta también con un éxito notable— con una obra ya plenamente madura que en las siguientes entregas (“La retirada, 2012; “Mis padres Romeo y Julieta “,2013 y “Tres poemas dramáticos”, 2015) se ha ido consolidando como una de las más originales y cualitativamente más importantes de la joven poesía en castellano. “Esto temía, esto deseaba” (título que proviene de un verso del poeta italiano Mario Luzi), su nuevo libro confirma y, si cabe, sobrepasa las expectativas que había generado su obra precedente. Dueño de una retórica que tiene en el lenguaje coloquial, conversacional en ocasiones, su mejor baza, Fidalgo es capaz de enlazar distintos campos temporales para hacerlos convivir en un mismo plano semántico, acaso porque para él el pasado, su historia íntima no esté congelada en un álbum de recuerdos sin desprecintar o en un mural de fotografías enmarcadas en el rincón más sombrío de la casa familiar (la crudeza que toda historia, tanto individual como colectiva, lleva en sus seno necesita pasar por el filtro del lenguaje para digerirse, para hacerse soportable). Sus antepasados forman parte de un presente que el autor asume, aunque las consecuencias de tal asunción no sean aceptadas de buen grado, sin amargas críticas, sino con un profundo deseo de justicia: «No soy uno que quiso vivir en otro tiempo y en otro país,/ uno que reniega o ajusta cuentas./ Soy sólo alguien que escucha/ cómo otros aman juntos las palabras./ ¿Tú me entiendes cuando digo/ que hay que aprender a envejecer en plena juventud?». A uno le parece estar escuchando al Cernuda del «Díptico español», leyendo versos como estos. Resulta digno de admiración, por otra parte, cómo, con un lenguaje tan alejado de la grandilocuencia y del esteticismo banal, de las picardías del verbalismo, un lenguaje del que está ausentes los hermetismos y las ambigüedades semánticas, el autor consigue crear una atmósfera de incertidumbre y de desolación que va envolviendo al lector, quizá por que «Todo es ajeno menos la vergüenza», una vergüenza que tiene mucho que ver con el silencio colectivo que presidió la convivencia durante los años de la dictadura y sobre el que el poeta, pese a juventud («Todos hablaron siempre de mi juventud, de mi risa/ pero, ¿y si mi seriedad ya madura/ fuese mejor que mi risa/ y yo no me hubiera dado cuenta?») reflexiona con crudeza. Y es que la poesía de Pablo Fidalgo Lareo gira en torno de dos ejes fundamentales, la reivindicación histórica de los vencidos, y la reinvención de una familia desbaratada por el desgaste vital: «Tus padre se han muerto dentro de un libro», escribe con crudeza. El libro está estructurado en tres partes, la primera —«Un año sin volver a casa»—, compuesta por un extenso poema de igual título es la más íntima. En ella relata la experiencia de extrañamiento que sufre en la casa familiar y cómo la distancia va recomponiendo ese escenario que contempla ahora con nostalgia y conmiseración. La segunda parte —«Mezzogiorno»— es la más sustancial del libro: Lisboa, Sicilia, París, son algunos de los lugares en los que el poeta va construyendo su identidad, a veces con el auxilio de referentes oníricos, otras con retazos de un mundo que parece suceder a su alrededor sin su participación, como si todo conspirara en contra de la vida. Los poemas están construidos a modo de diálogo con un tú innominado (que, en ocasiones, es un trasunto del yo que se interroga), lo que alimenta la tensión narrativa, pero, al mismo, puede sumir al lector en un desconcierto similar al que padece el espectador cuando un mismo actor representa diferentes personajes. A pesar de la extensión de una gran parte de estos poemas, de su narratividad, parecen estar construidos por fragmentos que se han ido ensamblando con solvencia, hasta crear una unidad semántica irreprochable. Hay una evidente relación con “Cuatro cuartetos” de Eliot, tanto en la construcción del poema como en el intento de dotar a cada palabra de un fuerte significado: «Porque uno solo ha aprendido a dominar las palabras/ para decir lo que ya no tiene que decir», escribe el poeta británico. Fidalgo también enumera en su libro lugares con los que ha mantenido una relación conflictiva. El afán por romper con el pasado no siempre está expuesto con desesperación. Subyace una vitalidad que nace de haberse quitado un peso de encima, un peso que había lastrado su existencia hasta ese momento, como queda de manifiesto en la tercera parte del libro, «Historia de amor con una bestia» y en el «Epílogo», poema lleno de sombrías meditaciones sobre el propósito que guía su vida, desde el nacimiento a la actualidad, con el finaliza este libro excepcional.

 

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Reseña de Tres poemas dramáticos. Carlos Alcorta.

Tres poemas dramáticos

Publicado por Carlos Alcorta en su blog,
el 24 de febrero de 2016.

He venido siguiendo la obra de Pablo Fidalgo desde que publicó La educación física, en 2010, libro que supuso para este lector todo un descubrimiento. Un autor que parecía haber surgido de la nada publicaba un primer libro—recordemos que ha nacido en 1984— con la suficientemente madurez como para haber destilado un buen número de influencias, hasta hacerlas una con su propia voz, algo inusual en un poeta tan joven. Leí poco después La retirada (2012), un libro que ha pasado injustamente desapercibido y acaso eclipsado por la aparición casi inmediata de Mis padres: Romeo y Julieta(2013), libro desgarrador con el que se consagra, y la crítica más exigente así lo ha confirmado, con toda justicia como uno de los poetas de referencia de la generación más joven. Pero Pablo Fidalgo no es sólo poeta, compagina esta tarea con la práctica teatral, entre otras cosas. Es en esta disciplina, de carácter colectivo, todo lo contrario que el ejercicio de la poesía, en donde asume mayores riesgos tanto estructurales como representativos, aunque la vinculación entre ambas disciplinas sea, en el caso que nos ocupa, estrechísima.

El libro que hoy comentamos, Tres poemas dramáticos, publicado por la benemérita y nunca suficientemente reconocida editorial Ediciones Liliputieneses de la mano de José María Cumbreño, como su propio nombre indica, trata de conciliar ambos aspectos, la poesía y la representación dramática. El primero de los textos que acoge este volumen —«O Estado salvaxe. Espanha 1939»— fue publicado anteriormente en el libroAutobiografía de una generación y de él nos ocupamos en este mismo foro. Junto a esta primera pieza se reúnen ahora otras dos, «Habrás de ir a la guerra que empieza hoy» y «Solo hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y destruirme». Eduardo Pérez-Rasilla, buen conocedor de la obra de Fidalgo escribe en uno de los textos que prologan los poemas esta reflexión: «Su lenguaje, lírico, contundente, con frecuencia aforístico, íntimo y coral a la vez, reservado y elocuente a un tiempo, propio de la confidencia pero rico en el uso de figuras retóricas (la anáfora, el paralelismo, la anadiplosis y la epanadiplosis sobre tosa ellas) apela, implica o incrimina a un espectador al que la palabra lo obliga a tomar partido». Son muchos los versos que podemos seleccionar para ejemplificar las palabras de Pérez-Rasilla. Me remito tan sólo a la primera estrofa de la segunda pieza, un claro ejemplo de anáfora: «Has pagado la entrada y eso te da derechos/ Que levanten la mano todos los que han venido engañados/ Todos los que hemos venido invitados/ Que levante la mano las familias/ Que levanten la mano los hijos de padres separados/ Que levanten la mano los hijos de comunistas/ Que levanten la mano los que se han intentado matar/ Que levanten la mano los que creen que los valientes mueren antes/ Que levante la mano los que sienten que pertenecen a una generación fracasada». Acaso una de las características que unifican los tres poemas sea la estar protagonizadas por personajes marginados por la historia, personajes desplazados, violentados por sostener una determinada ideología, personajes dolientes pero no derrotados que no buscan, sin embargo, revancha, sino justicia. Es cierto, como escribe Slavo Zizek, que, en muchas ocasiones «tendemos a olvidar que no hay nada redentor en el sufrimiento: ser una víctima en lo más ínfimo de la escala social no convierte a nadie en una especie de voz privilegiada de la moralidad y la justicia», de la misma forma que la enfermedad o la indigencia no justifican en sí mismos procederes de ética dudosa, sobre todo cuando, enmascarado en un victimismo las más de las veces humillante para quien lo cultiva, pero también para quien lo patrocina, se utilizan para conseguir determinadas prebendas o sinecuras, pero nada de esto tiene que ver, por fortuna, con las historias que dramatiza Pablo Fidalgo Lareo, porque aquí se da cuenta, con una honradez incuestionable, eso que Pérez-Rasilla llama «una dignidad permanentemente negada». Creo que Álvaro Valverde también incide en este aspecto cuando escribe que «Los personajes de este autor (y digo personajes con reparo: tan reales me parecen) son hombres y mujeres, como él, a la intemperie. Gente que ha resistido. Supervivientes. Hijos, diría, de la pobreza. Muchas veces, nómadas. O viajeros. O emigrantes, lo que salvando el tópico, es casi inevitable para un gallego». De lo que no cabe ninguna duda es de que resulta difícil encajar en el contexto de la poesía española actual un libro como éste, a medio camino entre la justa reivindicación de carácter histórico —más frecuente en otras poesías europeas, por ejemplo, en la polaca— y un lirismo de corte confesional desgarrador, emparentado acaso con los poetas norteamericanos adscritos a esa tendencia, Snodgrass o Lowell sin ir más lejos. Martín Rodríguez-Gaona afirma que «Pablo Fidalgo Lareo asume un abiertamente un posicionamiento generacional (algo en lo que me permito discrepar, porque creo que el de Fidalgo es un discurso narrativo que apela a la continuidad, sin fractura, con una pretensión unificadora muy diferente a la del fragmentarismo tan en boga actualmente). Entrado en el siglo XXI, en el contexto de una profunda crisis internacional, la Guerra Civil persiste en España como experiencia traumática, a la manera de una escena prima, cuyo rebrote y consecuencias son aún más graves por ser algo que no se quiso ver (y mucho menos reconocer o expurgar)». De esa experiencia traumática y de consecuencias como la represión (fosas aún sin abrir) o el exilio, tanto interior como exterior, escribe Fidalgo y, además, escribe desde la experiencia propia, porque los protagonistas no son seres anónimos, sino personas de su entorno familiar —Manuel Lareo Costas, Mercedes Fernández Vázquez, Giordano Lareo o el mismo autor—, y esta característica confiere a los poemas un componente diarístico y, por tanto, confesional nada frecuente en el distanciamiento aséptico de mucha de la poesía que se escribe actualmente [muy certeramente, Rodríguez-Gaona califica estos poemas dramáticos como «el despiadado análisis de lo privado, la deconstrucción de la familia, la disección de lo íntimo (contra el pudor burgués)»].

El poeta alemán Gottfried Benn afirmaba que el arte es capaz de eliminar el tiempo y la historia porque se adentra en la experiencia íntima de cada individuo formando parte de su herencia genética. Pablo Fidalgo Lareo es un ejemplo perfecto de esa alianza y de cómo ejercitar la memoria, sin necesidad de parafernalia ni de ambigüedades semánticas, es la mejor forma de impedir que nos roben el presente.

Reseña de Carlos Alcorta. Autobiografía de mi generación.

Publicada por Carlos Alcorta en su blog

el 04/05/2015

PABLO FIDALGO LAREO. AUTOBIOGRAFÍA DE MI GENERACIÓN. FUNDACIÓN MARCO. MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEA DE VIGO, 2014

 
Autobiografía de mi generación «habla del desastre que las generaciones anteriores nos han entregado, y de una Europa que nunca volverá a ser lo que fue […] Somos una generación que tiene en sus abuelos a sus referentes vitales», escribe en las páginas iniciales Pablo Fidalgo, pero no es este un libro escrito solo por Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984). Se trata de un proyecto colectivo que nace como colofón al ciclo Material Memoria que se ha celebrado en el MARCO, Museo de Arte Contemporáneo de Vigo, y cuenta con textos, además del propio Fidalgo, de Eduardo Pérez-Rasilla, de Alberto Ruiz de Samaniego, de Cláudia Dias, de Rui Catalão, de Gabino Rodríguez, de Olga Novo y de Miguel Bonnenville.

«Este libro —seguimos las reflexiones de Fidalgo, el guía mejor cualificado para explicarnos qué es Autobiografía de mi generación— atiende a dos necesidades específicas. Por un lado, la necesidad de dejar un documento sobre este trabajo en torno de la memoria del lugar que el ciclo ha planteado y, por otro, continuar la creación de documentos sobre la escena en nuestra lengua que tanto hemos echado de menos los estudiantes de teatro», y es que Fidalgo, además de poeta, de magnífico poeta, uno de los más significativos de su generación con tan solo tres libros publicados —La educación física (2010), La retirada (2012) y Mis padres: Romeo y Julieta (2013), todos ellos muy celebrados por crítica y lectores— es creador escénico y comisario independiente. De ahí provienen las exigencias teatrales del proyecto.

El relato escénico que Fidalgo Fidalgo Lareo ha presentado en el citado ciclo, Material Memoria, se titula O estado salvaxe. Espanha 1939 y está compuesto por dos secciones perfectamente diferenciadas: la primera de ellas es una perfomance que desarrolla el propio Fidalgo Lareo sobre las películas caseras de su abuelo Manuel Lareo Costas. La segunda parte la protagoniza un monólogo de Mercedes Fernández Vázquez, la abuela del autor. Dos historias que poseen un armazón común, la convivencia, toda una vida unidos por el destino y dos puntos de vista narrativos solo en algún caso coincidentes, pero en su mayor parte distintos. Por resumir en una frase, aunque esto admite innumerables matices: una vida, la del primero, acomodada y conformista, enfrentada a una existencia, la de la abuela, llena de silencios, de privaciones, de medias verdades, de tristeza y miedo.
Manuel Lareo, por boca de su nieto, Pablo Fidalgo Lareo, examina lo que fue su vida en un extenso monólogo. Volviendo la vista atrás con dolorosa honestidad, no le queda más remedio que reconocer sus errores: «Y quizá sin quererlo copié la autoridad/ De España a la clase y de la clase a casa/ Creía que era la única forma de sobrevivir/ Porque no me habían enseñado a ser un hombre auténtico». No hay condescendencia ni compasión en el relato, en esta especie de monólogo dramático en sentido inverso, en negativo, del que se vale Pablo Fidalgo para dar cuenta de las vicisitudes de una vida que llega a su fin: «Temo a la muerte como nadie la ha temido/ He llegado a los noventa años intacto/ Pero tengo derecho al olvido» afirma el abuelo. Este examen de conciencia, como digo, carece de piedad, pero también de contrición. El protagonista confía en la magnanimidad del futuro, de un futuro capaz de leer entre las líneas de su existencia para descubrir lo mejor de sí mismo. Él sabe muy bien quien fue para sí mismo, pero ahora le toca enfrentarse a la verdad de los otros, de los que han convivido con él, porque solo cuando se llega al final de la vida la imagen de uno se muestra con todos los matices. Tal vez esa presunción, esa esperanza de redención estaba detrás de las películas que filmó, como se puede deducir de estos versos: «Y pienso que solo el cine hará recordar a mis hijos quién fui / Solo el cine vio mi esplendor y decadencia/ Solo el cine es fiel a esta memoria que se fue descomponiendo/ A esta memoria que se pierde poco a poco».

La carta que escribe la abuela a sus nietas integra la segunda parte del proyecto. En ella describe su vida «Para sepan quién fue su abuela lo que aguantó/ Y conozcan la historia de su familia y de su país». Los límites de la ficción son transgredidos hábilmente por el narrador, un narrador que no desea ser imparcial, sino que se decanta afectivamente por la protagonista de esa historia personal, pero, a la vez, colectiva, porque el retrato que traza de su abuela puede servirnos como arquetipo de miles de vidas que sufrieron un destino similar en la posguerra. Ese hábil juego metaficcional al que aludimos, se hace patente en estas palabras: «…Y mi nieto me dice que no me preocupe/ Que los papeles están bien asignados en esta familia», o en estas otras: «Este es un acto para deciros/ Que la ficción supera a la realidad/ ¿Cómo explicar que esta noche represento/ Una ficción más bella y más verdadera/ Que aquella que representé toda mi vida?»

La pieza titulada «¿Qué hacen a esta hora los coroneles?» narra, ya sin personajes intermedios, la propia peripecia vital de Pablo Fidalgo Lareo, a cara descubierta, aunque el lector siempre deberá tener en cuenta la diferencia entre la verdad y la verosimilitud. «La vida familiar es una representación teatral y el conflicto es el modo de relacionarse, de expresar amor, de estar unidos en esa misma representación» o, al menos, el abismo que separa la percepción de los hechos realizada por el protagonista de la que experimenta el espectador. «Este es un poema sobre un niño/ Que después de mucho tiempo ha encontrado una referencia moral/ […] Es la voluntad de quien escribe su vida/ Y después no la autoriza y se avergüenza de ella» escribe casi al final del largo poema, lo que obliga al lector a releer los versos con otro planteamiento distinto al inicial. Con mayor desconfianza ante lo expuesto, ante los sucesos que conforman su educación sentimental, una educación que debe cimentarse en un mundo con convicciones morales menguantes. Apenas quedan asideros éticos: «Yo nací cuando la movida ya agonizaba/ Cuando los héroes ya estaban demasiado fabricados/ Cuando los mitos ya no representaban a nadie/ Yo nací en la época de las personas non gratas», escribe en la pieza titulada «Persona non grata», una dolorosa y reivindicativa descripción de actitudes, de interlocutores incómodos, críticos con el estado de las cosas, con el poder que las sustenta. Dos ideas despuntan en este discurso, el de la solidaridad con ese otro, trabajador o delincuente, terrorista o camionero que puede ser uno mismo y el de la dignidad, la defensa de las ideas por encima de las contingencias existenciales, la ejemplaridad ética (ese concepto puesto al día por el filósofo Javier Gomá Lanzón) como conducta a imitar.

La edición se remata con varias propuestas teóricas que analizan el proyecto estrenado en el MARCO, cuya sede fue antes una cárcel, «Un espacio sacralizado por el dolor y por la belleza, por la injusticia, la sangre y la muerte, y por la posibilidad de encuentro, de convivencia pacífica y de enriquecimiento estético y cívico» escribe el crítico teatral y profesor Eduardo Pérez Rasilla, lo que ha enriquecido con un sinfín de connotaciones semánticas el discurso (es muy posible que en otros escenarios distintos, esa intensidad esté restringida). Otros ensayos, como el titulado «Ahí está el hijo», a cargo del también profesor y crítico teatral, además de comisario de exposiciones y autor de varios libros sobre estética, Alberto Ruiz de Samaniego, en el que incide sobre la valentía y el entusiasmo de Pablo Fidalgo Lareo, porque «Él ha buscado un fundamento en sí mismo, una base propia y autónoma que le permita comprenderse y existir. Ha buscado el sentimiento de una inmanencia, de tener una vida propia, libre, independiente; una vida en el que no sea en efecto la de ningún otro, ni el efecto de ningún otro».

Completan el volumen trabajos de la coreógrafa y performer lisboeta Cláudia Dias, «Andar para atrás en dirección al futuro»; del escritor, guionista y performer portugués Rui Catalão, «Corriente autobiográfica»; del actor mexicano Gabino Rodríguez «Eso fue siempre el amor para mí: cualquier forma extraña de mostrar el desacuerdo»; de la ensayista y poeta Olga Novo, «Intrahistoria de amor», en el que analiza O estado salvaxe. Espanha 1939, del que afirma que «siendo una dramatización de la vida, niega la ficción de lo literario y deviene vida expuesta en su más íntima verdad». Finaliza el volumen con el texto del performer portugués Miguel Bonneville «Milésima autobiografía» en el que reflexiona sobre la pieza* «¿Qué hacen a esta hora los coroneles?» y sobre los límites entre ficción y realidad: «a partir de los hechos he creado ficciones, en un esfuerzo por intentar comprender realmente quien soy, y finalmente poder contestar a esa pregunta con alguna verdad. en vano. solo puedo, de alguna manera, decir quién fui».

La ambición de un trabajo de esta envergadura desborda las intenciones de un comentario como este, forzosamente reducido y lastrado por una insuficiencia concluyente, la de no haber tenido la oportunidad de asistir como espectador a alguna de sus representaciones, porque «La representación y el texto es, definitiva, una terapia, la vieja forma aristotélica de purgar los oscuros instintos de la sangre heredada. El modo, también, de ajustar cuentas con el pasado», lo que, sin duda, hubiera beneficiado en mucho la comprensión y el alcance del conflicto interior que en él se desarrolla. De este largo poema dramático que es Autobiografía de mi generación nos quedan de momento las palabras, pero no las imágenes, nos quedan los ecos, no las voces, las cenizas, no el fuego. No es lo ideal, pero, al menos, sabemos qué nos estamos perdiendo, sabemos cómo llenar ese vacío.

*Nota aclaratoria: el texto de Miguel Bonneville es la segunda parte de la pieza escénica “¿Qué hacen a estas horas los coroneles?”, realizada en colaboración con Pablo Fidalgo, estrenada en el ciclo Material Memoria; no un texto de reflexión sobre la pieza.

 

Reseñas de Carlos Alcorta y Violeta Nicolás de Mis padres: Romeo y Julieta.

Mis padres: Romeo y Julieta en las recomendaciones poéticas de Carlos Alcorta en el Diario Montañés (20/12/2013).

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Reseña de Violeta Nicolás en Culturamas (21/12/2013)

Mis padres: Romeo y Julieta

Pablo Fidalgo Lareo

Pre-textos. 2013.

Se trata de un poemario, que podría ser una especie de autobiografía en verso, si bien, no se explica en detalle la historia, esto forma parte de su encanto. Creo que es una escritura inclusiva con el lector, a quien implica y hace cómplice en aquello que dice, a base de interrogativas y otros giros, que no consiguen sino afianzar en quien lee, aquello que propone en sus palabras, alcanzando un momento de poesía muy grato; aunque también nos deja una sensación de desencanto, que quizás se hace leve al sentir que es compartida o común. Además hay un sentido estético, de lo bello en esa especie de desencanto o bohemia. Se puede entender como una especie de monólogo interior, de diálogo abierto, de carácter epistolar a veces, lo cual puede acrecentar la curiosidad del lector y, también el hecho de suspender las posibles respuestas, a sus preguntas e inquietudes dirigidas a quién, acrecienta el sentimiento de soledad a las profundidades.

El prólogo, en verso, nos introduce el contenido del libro, el cual ya intuimos que será autobiográfico, sincero de manera lírica y quizás con el consuelo o el descanso de la confesión, de contarlo a alguien callado y discreto como es el lector, de manifestar su historia integrada en unas circunstancias sociales y políticas concretas, para que otro se haga cargo o abandone.

Ciertas percepciones nos remiten a su experiencia y bagaje en el ámbito del teatro el cual puede influir en su forma de comunicar su mundo de manera lírica, recordamos su trayectoria con la compañía “La tristura”.

 Yo soy hijo del deseo cuando aún

no se toca con la palabra amor

Mis padres tienen que ensayar la libertad

y encuentran un faro al que encadenarse

para probar su fuerza y fracasar.

Mis padres al concebirme ya sabían

que tendrían que repetir esa escena muchas veces.

Observamos en su escritura proyección autobiográfica, quizá a veces ficcional o, simplemente de construcción poética, bella, ingeniosa y extrema, como es probablemente la poesía, un exceso en sí misma. En cualquier caso capta muy bien la atención del lector con su ritmo marcado.

Recientemente, Pablo, da un giro hacia lo performativo, con su proyecto personal actual titulado: O estado salvaxe. Espanha 1939, autobiográfico en el que implica a su abuela y tiene un ánimo historicista, que me recuerda al concepto introducido por Miguel de Unamuno de intrahistoria, esto es, la historia no oficial, de colectivos marginales, o aquella que no aparece en los periódicos, pero igualmente se implica o forma parte de la Historia oficial con mayúsculas. Pablo nos cuenta sobre su proyecto: “Es una performance creada después de muchas conversaciones con mi abuela. Ella es, además, la única actriz de la pieza. A través de imágenes en Super 8 grabadas por mi abuelo desde los años 50 hasta los 80, reescribiremos la historia de mi familia, y al mismo tiempo, la historia de Espanha desde la guerra civil hasta nuestros días. Es el testimonio de una mujer que ha pasado mucho tiempo en silencio y que tiene un gran deseo de hablar, mucho que aclarar, mucho que reparar. Es, sobre todo, un acto de amor lúcido y extremo, un ataque de romanticismo antes de quemar las naves. En una carta dirigida a sus nietas, mi abuela va tejiendo su biografía y cuestionándose todo su pasado, su presente y su futuro, en un ejercicio de honestidad brutal que arroja luz sobre lo que significa estar vivos hoy”.

Mis padres: Romeo y Julieta, llega como la voz de un viejo familiar que nos emociona y a quien nos parece escuchar frente a nosotros como un espectro al que es imposible reconfortar. Nos habla con fuerza y claridad, a veces divaga pero finalmente concluye cada poema -o fragmento discursivo- con algo decisivo, sin dudas, con una contundencia que hace creer en la poesía; en la poesía que reside en nuestra vida.

Guardo una memoria excesiva.

¿Pueden estas palabras parecerse

a mi primer llanto?

¿Pueden estas palabras haceros recordar

lo que mi presencia fue en aquella casa

antes de que empezara a levantarme?

sé lo que significa ser un buen hijo:

dar otro significado al verbo guardar.

Padres he entregado vuestra imagen

para saber si sois tan extraños como creo.

entregad vosotros mi imagen

para saber si soy tan extraño.

He pensado muchas veces en irme para siempre.

en tener otro gestos, otra cara, otro paisaje.

Y cada vez que deseo desaparecer pienso,

¿qué imagen mía entregareis para buscarme?

Mi primer llanto era ya una conclusión.

Finaliza el poemario con una imagen familiar, él en medio de sus padres que le cogen de la mano, acompañada de unos versos en los que se refiere a la fotografía:

Si ves la fotografía tengo la boca abierta

y ese gesto anticipa mi vida.

El gesto que estoy haciendo con el pie

todavía lo hago hoy.

Creo que nunca he aprendido a pisar bien.

Creo que nunca he aprendido a respirar bien.

(…)

Reseña de Carlos Alcorta del libro Mis padres: Romeo y Julieta

Por Carlos Alcorta (04/11/13)

PABLO FIDALGO LAREO. MIS PADRES: ROMEO Y JULIETA. PRE-TEXTOS POESÍA, 2013.

Desde la publicación de su primer libro, La educación física (Pre-textos, 2010), la poesía de Pablo Fidalgo goza de un reconocimiento prácticamente unánime tanto por parte de la crítica —que lo señaló como uno de los cinco mejores libros publicados en 2010— como por los lectores. Como miembro de la primera promoción poética del siglo XXI, de la generación de la pobreza, una generación que no conoció la Dictadura, pero que habla de ella como espacio simbólico, el saqueo del futuro que las políticas económicas ultraliberales están perpetrando mediante brutales recortes sociales y laborales y el robo a cara descubierta de las ilusiones tanto individuales como colectivas no puede dejar de transparentarse en sus poemas y en los poemas de otros poetas jóvenes (si entendemos, como Barthes, que «la escritura es un acto de solidaridad histórica»), porque son ellos quienes están sufriendo este despropósito de manera más sangrante. Pero, como todos sabemos, las formas de representación de la realidad no son homogéneas, permiten maneras incluso contradictorias de acercarse a ella, y todas gozan, en principio, de la misma validez, por esa razón, si algo se le puede exigir al poeta con respecto de la realidad no es la fidelidad a una determinada estética, sino un serio compromiso con el lenguaje, con el poema que trata de reconstruirla. Sólo gracias a la experiencia personal autónoma, no envilecida por influencias externas, el poeta será capaz de reflejar el momento histórico concreto del que es protagonista, cuando no víctima, con singularidad y voz propia, sin dejarse arrastrar por la fuerza de los acontecimientos o por impropias formas de divulgarlos. Quienes logran zafarse de esas presiones, por otra parte, subyacentes al acto de la escritura, y consiguen enfocar la realidad con su propia lente, serán a la postre aquellos poetas que ejercerán, consciente o inconscientemente, de faros, de guías generacionales y, éste, creemos, es el caso de Pablo Fidalgo, cuya obra, aún escasa, ha trastocado los preceptos más acomodaticios de nuestra poesía más joven sin adscribirse a ninguna de las corrientes estéticas predominantes ni a clan hegemónico alguno. Su poética la defienden sólo sus poemas y eso, que debería ser una perogrullada, resulta algo insólito en los aciagos tiempos en los que nos ha tocado vivir.

Soy de los que piensa que no es superfluo contextualizar la obra de un autor dentro del periodo histórico en el que dicha obra se desarrolla, porque aunque sea de forma tangencial, la historia en abstracto nos suministra información sobre los circunstancias de cada individuo y, en el caso concreto de Pablo Fidalgo, nacido en Vigo en 1984, y su personal aportación a la poesía, conviene significarlo. Si atendemos al criterio estrictamente cronológico, y con una pretensión meramente didáctica, podríamos encuadrarlo en la generación de poetas nacidos entre 1970 y 1985 —siguiendo el criterio más extendido de que la generación precedente, la conocida como de «los ochenta», comienza en 1955 y finaliza en 1969—, pero esta pauta resulta engañosa en muchos casos, porque hay poetas tan precoces que parecen integrarse en la generación precedente y existen poetas tardíos a los que no es inusual incluir en la generación posterior a la que por edad les corresponde. Una mezcla de ambas premisas nos parece los más pertinente para acercarnos a la poesía de Pablo Fidalgo, que, como se deduce de lo apuntado anteriormente, es uno de los poetas más jóvenes de su generación y, por otra parte, su primer libro —teniendo en cuenta esa precocidad de la que han hecho gala alguno/as de sus compañero/as de promoción— puede considerarse casi un libro tardío, pues su autor ha cumplido ya los 26 años cuando ve la luz, algo que, como veremos, lejos de suponer rémora alguna, ha supuesto el beneficio de presentar al lector, no una obra titubeante y en exceso dependiente de otras voces, sino un poemario redondo, personal y maduro que ha sorprendido porque ha roto los moldes estéticos al uso, sin arrogancia, pero con determinación y ha puesto en evidencia el desgaste de determinadas fórmulas estéticas, repetidas hasta la saciedad por adalides y discípulos, sin necesidad de rubricar tendenciosos manifiestos. La poesía de Pablo Fidalgo significa una vía de aire fresco en el contaminado panorama de la poesía española, y con esto no trato de decir que Fidalgo sea el único poeta de entre los más jóvenes que rehúye lo trillado, lo consabido, porque estaría faltando a la verdad. Otros autores se han arriesgado antes. Podemos citar nombres como Abraham Gragera, Josep M. Rodríguez, Mariano Peyrou, Ana Gorría o Alberto Santamaría, por ejemplo —esta lista, como es obvio, se puede ampliar con varios nombres más—, que desde postulados distintos, cada uno defendiendo su particular estética, se enfrentan con el inmovilismo y la monotonía de unos presupuestos que han envejecido y resultan inútiles para aprehender una sociedad asediada por la usura, para comprender a un ser humano atosigado por nuevas y, todavía, inexplicables incertidumbres. No en vano, Abraham Gragera ha titulado uno de sus libros, creo recordar que fue el primero, con el expresivo rótulo de Adiós a la época de los grandes caracteres, (Pre-textos, 2005). Nuevas circunstancias requieren nuevas formas de contarlas, una realidad diferente exige códigos particulares para descifrarla, modos audaces de incardinar el pensamiento en las palabras. Como es evidente, esto no puede conducirnos a pensar que la obra de estos poetas nace por generación espontánea, que es como esas flores extrañas que florecen inexplicablemente en un medio tan hostil como el desierto; si, me atrevo a pensar, poseen un rasgo común es, precisamente, el interés que muestran por asimilar otras tradiciones distintas a la nuestra, por hacer suyo el inmenso bagaje cultural que tienen hoy, gracias, entre otras cosas, a la tecnología, a su alcance.

La falta de prejuicios con la que Pablo Fidalgo escribe sólo puede provenir de una absoluta fe en lo que se está haciendo. Esto es algo que a ningún lector pasará desapercibido, pero no será tan sencillo argumentar esa convicción, porque lo que resulta del todo sorprendente es la independencia estética de la que hace gala, sin entrar en estériles controversias (más propias, por otras parte, de críticos que de poetas), sin descalificar a nadie, yendo sólo a lo suyo, sin mirar atrás ni a los lados, siempre con la mirada al frente. Da la sensación de que el poeta se ha mantenido agazapado en un rincón, absorbiendo y reciclando todo lo que caía en sus manos, escribiendo y tachando versos hasta que, al fin, ha encontrado esa voz propia que su experiencia necesitaba para tomar cuerpo. Pero no basta sólo con eso, es preciso tener la mente muy despejada para destilar la emoción, para reflexionar sobre ella y escribir con esta mezcla de intensidad y de inocencia. Esto es lo que más sorprende a un lector acostumbrado a una retórica repetitiva, con variantes muy superficiales. «La poesía de Pablo Fidalgo es un zambombazo en la línea de flotación del tono que se va imponiendo entre los poetas de su generación» escribe Martín López-Vega, y quizá esta sea la mejor forma de definirla, porque la naturalidad con la que está escrita — y no nos engañemos, naturalidad no es sinónimo de facilidad— pone en evidencia ciertos amaneramientos últimamente de moda.

Mis padres: Romeo y Julieta, es su tercer libro publicado, pero guarda una estrechísima relación con los dos libros precedentes. Si en La retirada —el libro precedente— había poemas claramente en deuda con algunos de La educación física, libro que, según confiesa el autor, «está escrito desde la conciencia y la pérdida de la juventud y también desde esa misma energía», en este último no sólo hay poemas que utilizan asuntos frecuentados en La retirada, sino variaciones sobre el mismo tema que utilizan idéntico armazón semántico para ensayar otra vuelta de tuerca, otra perspectiva que ofrezca una visión más caleidoscópica, hasta el punto de que la nota explicativa que encabeza dicho libro no desentonaría si la colocasemos al frente de Mis padres: Romeo y Julieta. « Cuando tenía 12 años hice un viaje con mi madre por la costa de Galicia. Mis padres se habían separado en 1987. Paseando por el pueblo de Cariño, mi madre me dijo que yo había sido engendrado allí. Esa noche dormimos en el mismo hotel y en la misma habitación en la que mis padres habían estado casi 13 años antes. Mucho tiempo después, a los 27 años (casi la misma edad que mis padres tenían cuando se separaron) volví a esa habitación. Y mi vida quedó atrapada, demasiado resumida, entre los dos viajes», pero no sólo eso, sin ir más lejos, algunos poemas son prácticamente idénticos, como el titulado «Cariño; invierno de 1966» que aparece ahora intitulado, y otros, como el titulado «Torino», están plagados de versos: «Estabas en Torino, solo, en aquella casa perfecta,/ y llegaría una mujer y te diría: quiero ser tú,/ y tú le dirías: es imposible ser yo en tan poco tiempo/ como dura una vida. / La ciudad era tuya y sentiste/ que podías pedirle que se fuera, y se fue» que enlazan con otros versos de este último libro de forma irrebatible: «Llegarás a Torino en avión, atravesando los Alpes. Prende un Pullman, y baja a la estación de Porta Susa…».

El correlato objetivo que Pablo Fidalgo utiliza para hablar de la relación frustrada de sus progenitores no podía ser más evidente, porque el amor de Romeo y Julieta posee en la conciencia cultural europea una connotación trágica. «¿Después de todo quién recuerda/ un conflicto entre dos familias/ en esta absurda tierra/ en esta absurda época?», escribe Fidalgo. El ilimitado amor de los amantes se ve malogrado por el enfrentamiento de las familias, lo que conducirá, inexorablemente a la tragedia y a la imposibilidad de que ese amor se culmine. «Nací del único amor grande, verdadero, loco,/ que en esta casa se recuerda» escribe Fidalgo, que parece hacer suyos estos versos de Julia Hartwig: «Ingrato fue ese amor y aceptarlo difícil». Como se puede comprobar por estas aisladas, pero significativas, muestras, el lenguaje utilizado por Pablo Fidalgo no busca la opacidad de forma interesada. Es un lenguaje deliberadamente narrativo que no rehúye el prosaísmo, aunque éste sirva para suavizar los cambios temporales o de sujeto en el mismo poema, algo no fácil de digerir, por lo que la utilización de un lenguaje críptico abundaría en el desconcierto. A veces parece que asistimos a unas descripciones más propias de un artículo periodístico que de un poema, como si el poeta estuviera hablando de alguien que no es él y observara el desarrollo de la acción, del juego, del partido, desde las gradas. Sabe que su nacimiento fue producto de una gran pasión, aunque ésta fuera irremediablemente efímera, y de la fugacidad de esa pasión, de los motivos que la convirtieron en algo transitorio tratan los poemas de Mis padres: Romeo y Julieta. El poeta recuerda sensaciones, experiencias que no ha vivido, que sólo ha imaginado y, a partir de ellas, construye, gracias al lenguaje, un mundo propio, recrea hechos ficticios como si hubieran sucedido, por eso no hay en su poesía distancia entra la realidad y aquello que la palabra evoca. Lo evocado es la realidad verdadera, la que hubiera podido ser y ahora es. El poema es lo real, no la experiencia de lo real. Los acontecimientos vividos en el poema poseen mayor legitimad poética que los que sucedieron o los que pudieron haber sucedido. Aquí estriba la auténtica originalidad de Pablo Fidalgo, porque no encontramos apenas referentes en la poesía española (muy remotamente podemos entrever los exámenes de conciencia de Gil de Biedma, cierta ironía de Ángel González o las invectivas de Cernuda en contra de la mojigatería de sus compatriotas), ni siquiera entre sus compañeros generacionales (con alguno de ellos, Josep M. Rodríguez por ejemplo, si encontramos alguna analogía, pero la expresión de éste es más fragmentaria, más elusiva). Los ecos de su poesía nos conducen, sin embargo, hasta la poesía en lengua inglesa, la escrita a ambos lados del Atlántico, y estoy pensando en nombres como Teg Hughes, Philip Larkin o Sarah Maguire en esta orilla, o en los norteamericanos Robert Lowell, John Berryman o Sharon Olds. En cualquier caso, no importa tanto de dónde proviene su fuerza y su singularidad, sino hacia dónde va. El poeta con voz propia elabora un lenguaje que le permite indagar en los misterios que envuelven su vida, que le permite definirse como ser humano y esto lleva consigo hacer caso omiso de corrientes estéticas habituales. El lenguaje poético es el lenguaje del extrañamiento, y el extrañamiento es la condición sustancial del que se rebela contra lo instituido.