O estado salvaxe en Guatemala y México

GuatemalaO estado salvaxe (9)

Lugar: Centro Cultural de España en Guatemala.

Fecha: 26 de junio.

Hora: 19:00h.

O estado salvaxe (6)México

Lugar: Museo Universitario El Chopo.

Fechas: 4 y 5 de julio.

Hora: 19:00h (día 4) y 18:00 (día 5).

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Reseña de Carlos Alcorta. Autobiografía de mi generación.

Publicada por Carlos Alcorta en su blog

el 04/05/2015

PABLO FIDALGO LAREO. AUTOBIOGRAFÍA DE MI GENERACIÓN. FUNDACIÓN MARCO. MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEA DE VIGO, 2014

 
Autobiografía de mi generación «habla del desastre que las generaciones anteriores nos han entregado, y de una Europa que nunca volverá a ser lo que fue […] Somos una generación que tiene en sus abuelos a sus referentes vitales», escribe en las páginas iniciales Pablo Fidalgo, pero no es este un libro escrito solo por Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984). Se trata de un proyecto colectivo que nace como colofón al ciclo Material Memoria que se ha celebrado en el MARCO, Museo de Arte Contemporáneo de Vigo, y cuenta con textos, además del propio Fidalgo, de Eduardo Pérez-Rasilla, de Alberto Ruiz de Samaniego, de Cláudia Dias, de Rui Catalão, de Gabino Rodríguez, de Olga Novo y de Miguel Bonnenville.

«Este libro —seguimos las reflexiones de Fidalgo, el guía mejor cualificado para explicarnos qué es Autobiografía de mi generación— atiende a dos necesidades específicas. Por un lado, la necesidad de dejar un documento sobre este trabajo en torno de la memoria del lugar que el ciclo ha planteado y, por otro, continuar la creación de documentos sobre la escena en nuestra lengua que tanto hemos echado de menos los estudiantes de teatro», y es que Fidalgo, además de poeta, de magnífico poeta, uno de los más significativos de su generación con tan solo tres libros publicados —La educación física (2010), La retirada (2012) y Mis padres: Romeo y Julieta (2013), todos ellos muy celebrados por crítica y lectores— es creador escénico y comisario independiente. De ahí provienen las exigencias teatrales del proyecto.

El relato escénico que Fidalgo Fidalgo Lareo ha presentado en el citado ciclo, Material Memoria, se titula O estado salvaxe. Espanha 1939 y está compuesto por dos secciones perfectamente diferenciadas: la primera de ellas es una perfomance que desarrolla el propio Fidalgo Lareo sobre las películas caseras de su abuelo Manuel Lareo Costas. La segunda parte la protagoniza un monólogo de Mercedes Fernández Vázquez, la abuela del autor. Dos historias que poseen un armazón común, la convivencia, toda una vida unidos por el destino y dos puntos de vista narrativos solo en algún caso coincidentes, pero en su mayor parte distintos. Por resumir en una frase, aunque esto admite innumerables matices: una vida, la del primero, acomodada y conformista, enfrentada a una existencia, la de la abuela, llena de silencios, de privaciones, de medias verdades, de tristeza y miedo.
Manuel Lareo, por boca de su nieto, Pablo Fidalgo Lareo, examina lo que fue su vida en un extenso monólogo. Volviendo la vista atrás con dolorosa honestidad, no le queda más remedio que reconocer sus errores: «Y quizá sin quererlo copié la autoridad/ De España a la clase y de la clase a casa/ Creía que era la única forma de sobrevivir/ Porque no me habían enseñado a ser un hombre auténtico». No hay condescendencia ni compasión en el relato, en esta especie de monólogo dramático en sentido inverso, en negativo, del que se vale Pablo Fidalgo para dar cuenta de las vicisitudes de una vida que llega a su fin: «Temo a la muerte como nadie la ha temido/ He llegado a los noventa años intacto/ Pero tengo derecho al olvido» afirma el abuelo. Este examen de conciencia, como digo, carece de piedad, pero también de contrición. El protagonista confía en la magnanimidad del futuro, de un futuro capaz de leer entre las líneas de su existencia para descubrir lo mejor de sí mismo. Él sabe muy bien quien fue para sí mismo, pero ahora le toca enfrentarse a la verdad de los otros, de los que han convivido con él, porque solo cuando se llega al final de la vida la imagen de uno se muestra con todos los matices. Tal vez esa presunción, esa esperanza de redención estaba detrás de las películas que filmó, como se puede deducir de estos versos: «Y pienso que solo el cine hará recordar a mis hijos quién fui / Solo el cine vio mi esplendor y decadencia/ Solo el cine es fiel a esta memoria que se fue descomponiendo/ A esta memoria que se pierde poco a poco».

La carta que escribe la abuela a sus nietas integra la segunda parte del proyecto. En ella describe su vida «Para sepan quién fue su abuela lo que aguantó/ Y conozcan la historia de su familia y de su país». Los límites de la ficción son transgredidos hábilmente por el narrador, un narrador que no desea ser imparcial, sino que se decanta afectivamente por la protagonista de esa historia personal, pero, a la vez, colectiva, porque el retrato que traza de su abuela puede servirnos como arquetipo de miles de vidas que sufrieron un destino similar en la posguerra. Ese hábil juego metaficcional al que aludimos, se hace patente en estas palabras: «…Y mi nieto me dice que no me preocupe/ Que los papeles están bien asignados en esta familia», o en estas otras: «Este es un acto para deciros/ Que la ficción supera a la realidad/ ¿Cómo explicar que esta noche represento/ Una ficción más bella y más verdadera/ Que aquella que representé toda mi vida?»

La pieza titulada «¿Qué hacen a esta hora los coroneles?» narra, ya sin personajes intermedios, la propia peripecia vital de Pablo Fidalgo Lareo, a cara descubierta, aunque el lector siempre deberá tener en cuenta la diferencia entre la verdad y la verosimilitud. «La vida familiar es una representación teatral y el conflicto es el modo de relacionarse, de expresar amor, de estar unidos en esa misma representación» o, al menos, el abismo que separa la percepción de los hechos realizada por el protagonista de la que experimenta el espectador. «Este es un poema sobre un niño/ Que después de mucho tiempo ha encontrado una referencia moral/ […] Es la voluntad de quien escribe su vida/ Y después no la autoriza y se avergüenza de ella» escribe casi al final del largo poema, lo que obliga al lector a releer los versos con otro planteamiento distinto al inicial. Con mayor desconfianza ante lo expuesto, ante los sucesos que conforman su educación sentimental, una educación que debe cimentarse en un mundo con convicciones morales menguantes. Apenas quedan asideros éticos: «Yo nací cuando la movida ya agonizaba/ Cuando los héroes ya estaban demasiado fabricados/ Cuando los mitos ya no representaban a nadie/ Yo nací en la época de las personas non gratas», escribe en la pieza titulada «Persona non grata», una dolorosa y reivindicativa descripción de actitudes, de interlocutores incómodos, críticos con el estado de las cosas, con el poder que las sustenta. Dos ideas despuntan en este discurso, el de la solidaridad con ese otro, trabajador o delincuente, terrorista o camionero que puede ser uno mismo y el de la dignidad, la defensa de las ideas por encima de las contingencias existenciales, la ejemplaridad ética (ese concepto puesto al día por el filósofo Javier Gomá Lanzón) como conducta a imitar.

La edición se remata con varias propuestas teóricas que analizan el proyecto estrenado en el MARCO, cuya sede fue antes una cárcel, «Un espacio sacralizado por el dolor y por la belleza, por la injusticia, la sangre y la muerte, y por la posibilidad de encuentro, de convivencia pacífica y de enriquecimiento estético y cívico» escribe el crítico teatral y profesor Eduardo Pérez Rasilla, lo que ha enriquecido con un sinfín de connotaciones semánticas el discurso (es muy posible que en otros escenarios distintos, esa intensidad esté restringida). Otros ensayos, como el titulado «Ahí está el hijo», a cargo del también profesor y crítico teatral, además de comisario de exposiciones y autor de varios libros sobre estética, Alberto Ruiz de Samaniego, en el que incide sobre la valentía y el entusiasmo de Pablo Fidalgo Lareo, porque «Él ha buscado un fundamento en sí mismo, una base propia y autónoma que le permita comprenderse y existir. Ha buscado el sentimiento de una inmanencia, de tener una vida propia, libre, independiente; una vida en el que no sea en efecto la de ningún otro, ni el efecto de ningún otro».

Completan el volumen trabajos de la coreógrafa y performer lisboeta Cláudia Dias, «Andar para atrás en dirección al futuro»; del escritor, guionista y performer portugués Rui Catalão, «Corriente autobiográfica»; del actor mexicano Gabino Rodríguez «Eso fue siempre el amor para mí: cualquier forma extraña de mostrar el desacuerdo»; de la ensayista y poeta Olga Novo, «Intrahistoria de amor», en el que analiza O estado salvaxe. Espanha 1939, del que afirma que «siendo una dramatización de la vida, niega la ficción de lo literario y deviene vida expuesta en su más íntima verdad». Finaliza el volumen con el texto del performer portugués Miguel Bonneville «Milésima autobiografía» en el que reflexiona sobre la pieza* «¿Qué hacen a esta hora los coroneles?» y sobre los límites entre ficción y realidad: «a partir de los hechos he creado ficciones, en un esfuerzo por intentar comprender realmente quien soy, y finalmente poder contestar a esa pregunta con alguna verdad. en vano. solo puedo, de alguna manera, decir quién fui».

La ambición de un trabajo de esta envergadura desborda las intenciones de un comentario como este, forzosamente reducido y lastrado por una insuficiencia concluyente, la de no haber tenido la oportunidad de asistir como espectador a alguna de sus representaciones, porque «La representación y el texto es, definitiva, una terapia, la vieja forma aristotélica de purgar los oscuros instintos de la sangre heredada. El modo, también, de ajustar cuentas con el pasado», lo que, sin duda, hubiera beneficiado en mucho la comprensión y el alcance del conflicto interior que en él se desarrolla. De este largo poema dramático que es Autobiografía de mi generación nos quedan de momento las palabras, pero no las imágenes, nos quedan los ecos, no las voces, las cenizas, no el fuego. No es lo ideal, pero, al menos, sabemos qué nos estamos perdiendo, sabemos cómo llenar ese vacío.

*Nota aclaratoria: el texto de Miguel Bonneville es la segunda parte de la pieza escénica “¿Qué hacen a estas horas los coroneles?”, realizada en colaboración con Pablo Fidalgo, estrenada en el ciclo Material Memoria; no un texto de reflexión sobre la pieza.

 

Crónicas de O estado salvaxe en el Leal.lav

Crónicas de Adán Hernández y Roy Galán del paso de O estado salvaxe. Espanha 1939, por LEAL.LAV el 13 de marzo de 2015.

Por Adán Hernández, publicado en lagenda.org:

La vida de los otros.

O estado salvaxe, Pablo Fidalgo.

Pienso en una de las escenas finales de la peli alemana que sin querer ha dado título a esta entrada, donde el personaje del dramaturgo, ya en la Alemania reunificada, descubre que su piso había sido microfoneado por la Stasi. Perplejo, no se explica cómo puede haber salido ileso de la trama si se conocían todos sus movimientos ¿Qué es lo que hace entonces? Nada más y nada menos que acudir a un archivo. Expone su caso. Recorre largos pasillos con una funcionaria, que le da montañas de carpetas con las trascripciones mecanografiadas que la policía del régimen había realizado de todos sus movimientos y conversaciones. Su vida cotidiana en aquella casa recogida durante años en pilas de papel.

Esta escena, nada dramática ni intensa, más bien utilitaria, que lleva la narración de una cosa a otra, se me quedó clavada. A veces pasa con algunas películas lo que con algunas personas, que portan detalles capaces de agarrarse a algún lugar del que ya no se van, aunque se vayan. Me pregunto cuántas veces se debe a la agudeza del detalle, su potencia, y cuántas a que la zona en la que enganchan sea especialmente sensible a recibirlos, como tal vez ocurre con el mecanismo del aprendizaje. Aquí en concreto no tengo ni idea. Solo se que la peli me mantuvo a un palmo del asiento y al acabar necesité los vinos y la conversación larga para respirar de nuevo con normalidad. Qué movida, ¿no? Debe ser la mejor parte de ver pelis acompañado, y al contrario, si uno suele acabar en estas situaciones a solas, puede encontrarse ahí el origen del síndrome de sentir que uno tiene tanto por compartir (pero esa sensación ha de llamar de alguna manera, fijo, porque el nombre que me acabo de inventar para ese síndrome no es nada comercial. A lo mejor se llama simplemente soledad).

A solas o acompañada, es difícil que cualquier persona no salga conmovida, incluso removida, de ‘O estado salvaxe. Espanha, 1939’, de Pablo Fidalgo. Esta afirmación ha sido dermatológicamente testada en humanos el pasado viernes en el LEAL.LAV. Pero es que además estoy seguro de que quienes tuvimos la suerte de llenar la sala nos fuimos pensando que acabábamos de ver uno de esos trabajos que tendría que ver todo el mundo. La pieza tiene dos partes (y un bis tan incontrolable y maravilloso como la vida, porque es la vida).

La primera: CINE DE BARRIO.

Oscuro. Se proyecta una película.  Está realizada a su vez con fragmentos de películas caseras rodadas en super-8. (¡Uy, no! En 8, un formato anterior, aún no super, el propio Pablo me lo corrigió). En la pantalla una colección de escenas domésticas, los momentos que una familia considera que han de quedar preservados para algo llamado posteridad. Domésticos, decimos, por convención. El paso del tiempo y una mirada nueva nos permiten ver que lo doméstico es una piel de cebolla a la que suceden otras capas más profundas y gruesas.

Vemos la sobremesa del domingo en casa, cuando nos reuníamos. El tiovivo que volvía cada año con la feria. Aquel cumpleaños. El día que alquilamos lanchas de pedales. La merienda de todos los pequeños. Los castillos de arena que hacíamos. La escenografía para una felicidad construida con colores apastelados y luz saturada, que se mezclan al pastel del color de la memoria, a la sobreexposición del recuerdo. Imágenes que son elipsis temporales en la historia de una familia y que suponen otra elipsis: la de las imágenes invisibles, no grabadas, un fuera de plano registrado solo en lo vivido, imposible de proyectar tan fácilmente en la pantalla del otro.

Vemos en la sucesión de escenas cómo algunos personajes cambian con el tiempo (pero, ¿podemos llamarles personajes?). Sobre las secuencias, la voz del propio Pablo Fidalgo. Ahí, al audio del vídeo es donde la ha relegado para hablarnos sin dirigirse a nosotros, para comentar las imágenes sin referirlas con exactitud. La imagen ya es exacta en su imprecisión. De algún modo, es con ellas con quienes dialoga, interrogándolas, exigiéndoles que le den algo del recuerdo que ocultan, algo no contado. Ahí también es el sitio donde Pablo ha colocado parte del texto de su pieza, ocultándose tras él como un autor que mirara lo que ocurre en escena desde las bambalinas, ahí, en ese teatrillo, la palabra como máscara.

Porque esa voz que es la grabación de la suya tampoco se dice a sí misma. El texto en primera persona se pone en el lugar imaginado y conocido de quien rodara las películas, en esa necesidad real de grabar. La voz de su abuelo (y todos los abuelos), padre de familia en la postguerra española (y todos los padres de familia). Sus palabras crean un mantra que acuna las imágenes, una nana terrible que no pierde naturalidad (hay errores, tropiezos y correcciones en lo que escuchamos, como en las imágenes, errores que nos reafirman el presente, el nuestro como espectadores, trayendo el relato y la imagen con nosotros). Una naturalidad que permite la entrada de la poesía, al hablar de la relación entre imagen y memoria, sobre la pérdida de la vista (y más cosas) o cuando la voz se interroga sobre el papel que ha jugado en su familia, el tiempo perdido, las mentiras contadas y creídas.

La segunda: UNA CARTA.

Acabada la película, se enciende levemente un foco que nos trae el paso lento de unos tacones. Ante nosotros, la única performer de la pieza. Se presenta. Su nombre es María Mercedes. Tiene 86 años recién cumplidos. Ha viajado desde Vigo para acompañarnos. Es la abuela de Pablo, y antes de ir a sentarse a la mesa del fondo nos dice: ‘Probablemente muchos han venido a ver una obra de teatro. Pero esto no es una obra de teatro, es un acto de vida’.

Sobre la mesa, a la luz de un flexo, primero coloca distintas fotografías antiguas en las que aparece. Se proyectan en la pantalla. Luego nos lee una carta escrita para sus nietas. Para contar su vida y que sus nietas accedan a saber quién fue. Para saber también el país y el contexto que la hicieron ser algunas cosas y no otras, el esfuerzo para conseguir lo poco que era posible. Para mostrar arrepentimiento, impotencia o resignación. E ingenuidad, todavía. Para reirse de sí misma. Para que todo eso se sepa. Y para que de algún modo podamos ver otra película, no grabada, presente en la memoria de una mujer (todas las mujeres). Solo el relato, sin las elipsis del vídeo doméstico. Sin cortes que contengan la ficción de los recuerdos grabados. Una carta sin distinción entre la vida familiar, sus alegrías, unas tremendas ganas de vivir, el amor a lo largo del tiempo y lo otro: un profundo terror, silencioso, casi imperceptible, debajo de todo, encadenando las frases una a otra.

Hubiera sido muy fácil que otro, con una idea similar, hubiera caído en cierto sentimentalismo y no hubiese podido resistirse a la tentación de incluir el efectismo del drama. Pero el público nota que en esta propuesta no hay una idea, sino una necesidad.

 

Por Roy Galán, en su blog BORRADORDECABEZAS:

O ESTADO SALVAXE. ESPANHA 1939.

Sobre aquel que se considera creador planea siempre una ligera y desagradable sensación de estafa. Esto se debe a que toda obra artística debe sustentarse en algo tan poco común como es la honestidad. Y es poco común porque para saber lo que es honesto hay que saber primero lo que no lo es. Es decir: Para saber lo que uno es, uno debe saber primero lo que no es. Esto requiere de un ejercicio de conocimiento propio que no todo el mundo está dispuesto a llevar a cabo.

Siempre es más fácil ser un farsante.

Pablo Fidalgo, sabe perfectamente quién es.

Y lo mejor es que sabe con claridad meridiana qué es su familia y qué representa su historia.

Por eso esto no es una obra de teatro, es un acto de vida.

Porque es verdad.

Descansar los pies en el taburete de la verdad. No hay nada que creer. No hay nada que fabular. No hay que hacer un esfuerzo para entrar como espectador.

Nadie hace un esfuerzo para entrar en la vida.

El esfuerzo lo hacen tu madre y tu abuela y la abuela de tu abuela.

Y luego ya estás en la vida.

Pablo está en la vida, eso se nota. Tal vez, por eso mismo, intuyo que se ha alejado de la mentira de la dramaturgia. Esto no es neorrealismo gallego. Esto es real.

Así que Pablo ha invertido los papeles de la ficción. Él cuenta la historia de sus abuelos, Manuel y Mercedes, en un tiempo de guerra y de dictadura. Manuel y Mercedes, dos caras de un espacio en el que uno no podía ser uno mismo, y lo salvaje estaba dentro de cada casa, en la que sucedía la verdad, pero que nunca se mostraba. Ahora Pablo, el nieto pródigo, abre esas puertas y deja salir a las bestias de sus abuelos.

Manuel, hombre de ciencias, cobarde, intelectual, empeñado en arañar sentido a la vida a través de la grabación de películas en un acto de soberbia desmedido, porque cuando la gente se muere uno no puede hacer películas. Cuando la gente se está muriendo, o ayudas, o te mueres con ellos. Manuel representa a todos aquellos que quisieron trascender de aquello que les ha tocado vivir sin conseguirlo.

Vemos las grabaciones que Manuel hizo y la voz en off de su nieto Pablo.

Me viene a la cabeza el Arrebato de Zulueta: “”La pausa es el talón de Aquiles, el punto de fuga, nuestra única oportunidad”.

La pausa de cuando Manuel dejó de grabar, de sentir ese miedo a desaparecer, la pausa de Mercedes cuando dejó de trabajar porque cayó enferma y se dedicó a leer y casi desaparece.

La única oportunidad que tuvieron, en un tiempo devorado por sí mismo, de ser ellos.

Mercedes, de 86 años, sale al escenario.

Mercedes domestica el tiempo, como Guerín y su Tren de Sombras, y va pasando y acumulando una tras otra las fotos de su pasado, para a continuación, ir deshojando uno a uno los folios de una carta margarita (me quiero, no me quiero) dirigida a sus nietas, dándole la vuelta al papel, dejando en blanco las hojas de nuevo, haciendo que lo único que perdure sea su voz.

Pablo es su abuelo. O más bien es el acto valiente de su abuelo. Pablo rescata a Mercedes de ese tren se sombras, y le da su lugar, su importancia: Sí, abuela, tú sobreviviste. Tu historia debe ser contada. La convierte en actriz de su propia vida, le da valor. Y es precisamente con ella, que no tuvo los medios para crear, para filmar, que no es alguien que quiera trascender, sino que simplemente ha sido, con la que nos deslumbra.

Pablo nos dice que no nos empeñemos en crear. La creación ya está hecha. Solo hay que transcribirla.
Eso lo que deberían hacer todos los nietos.

Escribir una carta para que las abuelas se la lean a sus nietas, con sus historias de amor y dolor, para que no se olviden y puedan transmitirla a sus hijas y a sus nietas.

Pablo sabe que en las mujeres está el cambio, porque ellas son las sufrientes portadoras de la verdad, porque son las que crían.

O estado salvaxe. Espanha 1939. es un acto de amor para vencer a la muerte.

Para que la historia persista en nosotros cuando Manuel y Mercedes se queden ciegos de mundo, tomados de nuevo por el vientre de su madre de uno en uno.

Para que no sean polvo.

Y para que ambos sobrevivan una vez más.

O estado salvaxe. Espanha 1939. Agenda marzo 2015.

En marzo, O estado salvaxe. Espanha 1939, se presentará en VALENCIA y TENERIFE.

Lugar: La Nau, Centro Cultural. Sala Matilde Salvador. Valencia.
Fecha: 4 y 5 de marzo 2015.
Hora: 19,30h.
Más información aquí.

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Lugar: Sala de cámara del Teatro Leal La Laguna. Tenerife.
Fecha: 13 de marzo 2015.
Hora: 21,30h.
Más información aquí.

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Biografías que importan

Crítica de O estado salvaxe. Espanha 1939.

En Teatro Crítico Universal. Blog de crítica de espectáculos da Revista Galega de Teatro.

Por Manuel Xestoso.

O estado salvaxe. Espanha 1939.
O estado salvaxe. Espanha 1939.

Semella que se expande a conciencia de que a vida pública se constrúe cos ladrillos das diferentes historias persoais. A pequena intrahistoria dos que trataron de edificar –silenciosos ou silenciados– unha existencia propia durante a ditadura de Franco resulta esclarecedora para elaborar o retrato colectivo daquela época. Revelar o que ocultaron os disimulos de entón serviría, ademais, para desvelar o que agochan os mutismos de hoxe.

O estado salvaxe. Espanha 1939 explora a memoria persoal da familia do autor –dos seus avós– para interrogar un pasado que aínda se erixe como obstáculo para a convivencia. O relato que descobren estas humildes biografías –que a primeira vista poderían parecer intranscendentes– resulta sorprendentemente profundo e elocuente, e explican esa chamada á solidariedade que se repite coma un mantra ao longo do segundo acto: “penso que un home só ou unha muller, así, tomados de un en un, son coma po, non son nada”.

Non obstante, si se intúe a extraordinaria importancia dos suxeitos nesta crónica: é a partir das súas experiencias e as súas lembranzas que se descobre a avalancha de desarraigo, desencanto e miseria moral que rematan por derrotar o individuo. Hai unha autoinculpación que é produto dese fracaso. E hai a esperanza de que a transferencia da memoria sexa a liturxia que permita o paso do puramente persoal ao comunitario, o ritual liberador que propicie a toma de posición ante o propio pasado.

Pablo Fidalgo Lareo materializa este ritual dende os presupostos do teatro documental, coma se a ficción non puidese dar conta exacta da súa transcendencia. O primeiro acto consta dun filme montado a partir de gravacións familiares en super-8 ao que se superpón o monólogo do avó. O segundo acto é unha carta ás netas que a propia avoa le dende o escenario.

Hai un diálogo entre ambos monólogos que delata tensións: de clase, de xénero. Mais tamén o encontro fundamental: o amor. Un amor, afírmase, que ten a súa base no rancor cara ao mundo. Unha forma de amor que encarna a vontade de, malia todo, resistir, de encarar a vida como loita. Unha loita que agora se entende como responsabilidade que debe transmitirse ás novas xeracións.

Renxe, a este respecto, un elemento: a lingua que lle foi roubada á protagonista –que así o fai constar explicitamente– é preterida en favor da imposta pola ditadura. Non se entende moi ben por que este entreguismo no medio dunha invitación á recuperar a memoria do espolio. Por que agasallar con esa vitoria aos vencedores.

“Isto non é unha obra de teatro” proclámase dende o escenario, “senón un acto de vida”. Non obstante, non se renuncia ao escenario, nin ao texto (sobre todo, non se renuncia a un texto realmente conmovedor), nin á representación. É dicir, non se renuncia á posta en escena. O estado salvaxe é teatro e, por suposto, tamén un acto de vida. Pero a vida adoita nutrirse de contradicións. Son moitas as que abrollan na obra, e iso convértea nun espectáculo que contén máis verdade que a maioría dos libros que se poden ler sobre a ditadura.

O estado salvaxe en octubre en Galicia.

Tras su estreno en el MARCO, el 12 de octubre de 2013, O estado salvaxe. Espanha 1939 se ha presentado en diversos festivales de España y Portugal, y seguirá de gira en 2015. Vuelve este octubre a presentarse en Galicia en las siguientes fechas:

O estado salvaxe (2)7 de octubre de 2014. Festival Curtocircuito. Santiago de Compostela.

17 de octubre de 2014. Centro Ágora. A Coruña.

18 de octubre de 2014. Festival Internacional de Teatro de Ourense. Ourense.

Y presentaciones de Mis padres: Romeo y Julieta,

Portada Mis padres: Romeo y Julieta

9 de Octubre. Presentación de Mis padres: Romeo y Julieta. Presenta Branca Novoneyra. Modus vivendi. Santiago de Compostela.

16 de Octubre. Presentación de Mis padres: Romeo y Julieta. Presenta Alberto Ruíz de Samaniego. Ágora. A Coruña.

O estado salvaxe en el festival IDEM. La Casa Encendida.

Dentro el festival IDEM de Artes escénicas e Inclusión Social en La Casa Encedida, durante 3 días se puede asistir a la representación de O estado salvaxe. Espanha 1939.

O estado salvaxe. Espanha 1939.
O estado salvaxe. Espanha 1939

Fechas y horas:

17 septiembre, de 21:00 a 22:00 h.

18 septiembre, de 21:00 a 22:00 h.

19 septiembre, de 20:00 a 21:00 h.

Lugar: La Casa encendida (Madrid).

Intrahistoria del amor. Por Olga Novo.

Intrahistoria de los míos

Porque allí donde ha habido un baile verdadero

todo queda en movimiento durante un siglo. 

Pablo Fidalgo Lareo

         Nací en movimiento, en un SIMCA 1200 azul celeste. Soy de Vilarmao, una aldea lucense que no sale en los mapas. Vengo de una familia campesina humilde. Mis hermanos y yo fuimos los primeros en tener estudios y acceso al Saber, procediendo de otros saberes, y conocer la Historia viniendo sólo de la intrahistoria. Desde ahí hablo.

Desde niña viví fascinada por la música. Mi madre, recitaba de memoria los textos aprendidos en aquella escuela de aldea, inscritos en las enciclopedias franquistas que yo ya no había conocido; y así yo sólo percibía la música de la voz de mi madre contándome casi cantándome margarita está linda la mar… Y yo me quedaba con los ojos pasmados ante la imagen preciosista de aquel rey que tenía un rebaño de elefantes, una tienda de diamantes y un gran manto de tisú. Nosotros, que sólo veíamos rebaños de vacas, que sólo conocíamos el brillo humilde de la mica que compone la piedra de granito y que no habíamos rozado jamás la excelsa suavidad del tisú… No obstante, la maravilla estaba allí. Ni siquiera sabíamos quién había escrito aquello, y mucho menos que quien lo había hecho era un adepto al régimen y que aquellas enciclopedias tenían las hojas manchadas de sangre.

Recuerdo también la inmensa lástima que sentía ante el relato poético de la muerte de la Infanta jorobadita. Aún hoy siento aquel diminuto nudo en la garganta que se me ponía cuando ella, al contrario de las bellas hermanas, se distraía y no hilaba porque ella no aguardaba a ningún novio sino la muerte. Con qué sentimiento mi madre acababa diciendo que la habían llevado a enterrar “por una puerta excusada / al encuentro del novio que ella soñaba”. Y yo entonces lloraba. Tenía tres años. Y sin comprender, completamente emocionada, la escuchaba decir con toda elegancia la herencia materna de los romances tradicionales… “Girinaldo, Girinaldo, / paje del rey más quirido / sí fueras rico en la hacienda / como eres galán polido / esta noche, Girinaldo / la habías de pasar conmigo”.

Antes de los libros. Antes de la escuela. Antes del mundo, está la música. Era aquel tiempo redondo y sin fisuras. El círculo perfecto. La vida no escindida. En el útero los sonidos se escuchan desde dentro del líquido y las frecuencias son otras. Acaso es así como oigo la poesía venir hacia mí, oscuramente, inicialmente en un barullo que se va esclareciendo poco a poco. Será que mis tímpanos tan sólo escuchan todavía frecuencias intrauterinas.

En las tardes de invierno, cuando mi madre tenía que ir a coger hierba para las vacas, yo me quedaba al cuidado de las ancianas de la aldea: la Sra. Carme de Benitiño, la Sra. Ramona de Casumira. La primera me daba una merienda de queso con pan de trigo y me enseñaba a rezar. Y sin comprender el sentido de aquellas palabras de poder, yo adoraba la rítmica prosodia de la letanía y del rosario, antes y después del parto, y aquel sublime “bendita tú eres / entre todas las mujeres”. Cuando llegaba ese momento, que me parecía el clímax, yo alzaba los ojitos inocentes hacia una humilde imagen de la Virgen que estaba colgada en la pared del pasillo, y que hoy recuerdo, con el brillo del tiempo, como si fuese un exquisito icono de un Andréi Rublev de Vilarmao.

Y por la música de aquellas palabras yo sé que hay música antes de la Música. Me fue transmitida por mujeres pobres de una aldea extinta que no forman parte de la Historia. Pero en nuestra intrahistoria ellas eran las verdaderas transmisoras de la música verdadera.

En casa no había ningún libro. A los cuatro años me compraron una cartera naranja con un árbol frondoso dibujado, y fui feliz a la escuela. En casa no había ningún libro. Una vez la maestra nos mandó llevar a la escuela un cuento, y yo, que no tenía ninguno, rebusqué por casa y lo único que encontré fue una hoja suelta y rota de Aladino, probablemente un resto de un cuento de segunda mano, traído por las primas. Recuerdo perfectamente el momento en que la maestra nos pidió el cuento y se acercó a mí, con toda la ternura, y me dijo está muy bien, Olguita, pero la próxima vez tienes que traer el cuento entero. Yo asentí, simulando ser una niña que no sabe que una hoja no es el libro entero, que el fragmento no constituye la totalidad del texto. Yo asentí prefiriendo simular la inocencia, o incluso la falta de inteligencia, con tal de ocultar la pobreza.

Ahora amo el fragmento. El hilo suelto. El pespunte. Lo inacabado. Prefiero la escultura saliendo del barro imperfecto de Camille Claudel que la obra maestra acabada de Rodin. No disimulo que sólo tengo una hoja del cuento de Aladino porque sigo siendo aquella niña que sólo tenía una hoja del cuento de Aladino. Nunca tuvimos Historia sino historias entretejidas unas en las otras. Ni es nuestro el gran relato sino el cuento al calor del hogar que se reinventa por puro placer de la transformación natural… que eso precisamente es la vida.

A los seis años, el libro de lectura, Alameda, estaba compuesto por romances. Se aprende también en la carencia. La sed va a buscar agua al río, a los manantiales subterráneos, al fondo de los pozos. Tantas veces leí aquel libro, lo único que tenía para saciar la sed, que acabé sabiendo de memoria todos los versos que contenía, y cuando me mandaban leer, yo, con ingenua solemnidad, levantaba por momentos la vista del libro y seguía leyendo en el aire el poema que quedaba en el libro. Fui sorprendida así por la maestra. Y sentí por primera vez vergüenza. Pero también se aprende en la carencia, y la sed va a buscar agua al río, a los manantiales subterráneos, al fondo de los pozos. En casa no había ningún libro.

Luego descubrí en una alacena del comedor los libros de texto de mis hermanos mayores. Y busqué en ellos nuevas músicas. Así fue como comencé a dramatizar por el pasillo de casa Abenamar Abenamar moro de la morería y Con cien cañones por banda… Tenía siete años. En la matanza y en la fiesta me subían a la mesa a la hora del café y yo recitaba para toda la familia aquellas incomprensibles andanzas de las tres hijas de un rey, y el extraño caso de Don Bueso. Treinta generaciones mías analfabetas, y yo recitaba sobre la mesa para ellas. Treinta generaciones mías en silencio, yo declamaba para ellas. Treinta generaciones mías analfabetas, yo amaba la poesía por y para ellas.

No creo en Dios, pero sí en la genética, esa ciencia azarosa y exacta. No sé de dónde procede esta sed mía y esta escucha. Probablemente sea el producto de un cromosoma hipersensible de la madre y de la oratoria popular del padre. O un eco lejano de un ancestro que rimaba octosílabos sin saber escribir su nombre pero sabiendo cantar la vida.

Cuando se acabaron los textos de los libros la casa me quedé sola. También en la carencia se crece. Así, por pura pobreza escribí, a los siete años, el primer poema. Llegué a la poesía desde la pureza de la desposesión, sin nada, con hambre, exactamente igual que habían vivido los míos, en ausencia de Saber, en ausencia de Historia.

Monocromo Verde

En ausencia de respiración absorbíamos aire con harina

nieve pura

las papas de los pobres de nosotros

(cuando había azúcar no había café):

restos de las cartillas de racionamiento metidos entre las muelas del juicio

final

el lino del hambre

tan blanco

rodeaba como un anillo de Saturno las paredes del estómago

la cinta de los sombreros de paja

y acostumbrados a morir día tras día

contemplábamos barro tirabeques estruendos demoledores dentro

ojos como maletas en las que el mundo se daba por vencido

una intuición de lágrimas escondidas en las arrugas bimilenarias de las ancianas

aturdidas y negras como sus vestidos de luto de la edad del hierro.

En ausencia de amor

un refajo comido por la polilla y el sol puesto a secar en el hogar

contenía los últimos escritos de Simone de Beauvoir

y el aborto que mató en lo profundo del pajar a Benigna de Remigio

sus labios amoratados que nunca vi flotan en mi pensamiento

se me aferra al corazón

querida toda

nunca correspondida

pasto de la eternidad que no hay

en ausencia de amor.

En ausencia de Historia

escribíamos en cuadernos de pizarra que se borraban con saliva

y vuelan formando círculos en el observatorio de Greenwich

pues en ningún mapa aparece este nombre venenoso

Vilarmao Vilarmao al lado de ningún santo patrón

en la puta diócesis de la nada

sólo hay un patio redondo

la elipsis espiritual por donde salen los cerdos de la cuadra y un tractor

Lu-Ve 34576 para delimitar el espacio.

En ausencia de Saber

la casa de la maestra yace como un cadáver expuesto bajo la lluvia

con las vigas intentando sostener la tabla del tres un problema de aritmética que nunca resolvimos

pero hay días en que una línea recta trazada en un encerado antiguo

resplandece en su estructura ósea

y todo nuestro pequeño mundo gruñe pobre de él

como si rezara un rosario digno de la existencia de Dios.

En ausencia de palabra

nos bastó el grito denunciador que es la noche del búho

en ausencia de pan

en ausencia de leche

en ausencia de trigo

contra el día cabrón que se levantaba antes que nadie.

En ausencia de futuro

rechinaron las ruedas de los carros o serían acaso metáforas deterioradas

aves de mal agüero que ostentan el poder.

El resto de los animales

golsan sobre los prados las mazorcas de maíz con los que se criaron

en señal de dolor

sí porque en ausencia de futuro

sólo hay ausencia

y tal vez esto que digo:

En ausencia de ti

de tanto morder las hierbas para contener el espasmo

digo tu nombre hasta que la lengua se me seque

y quedo toda igual a ti antes y después del tiempo

haciendo la fotosíntesis del amor

en la vanguardia de la nada

donde sólo se puede vivir pintada como un monocromo verde.

La niña que será niña dentro de mil años

Mi abuelo materno fue a la guerra reclutado por el bando sublevado. Pero él era un hombre bueno. Contó alguna vez que no había pegado un solo tiro y cuando veía escondido a algún republicano callaba y así hacía su paz personal en medio de una guerra absurda. Cuando terminó, dejaba algo de tabaco y leña en un refugio que tenía en el monte, un antiguo batán donde iban a ocultarse los forajidos. Y una vez, apesadumbrado por el paseo de dos escapados, lamentó su asesinato en la cantina de Saá. Al día siguiente, las hermanas del cura fueron a amenazarlo a él y a mi abuela a casa. Lo sacaron para fuera y una de ellas apuntó con su pequeña pistola. Él agarró una piedra de la pared contra la cual estaba apoyado dispuesto a lanzársela: “Matar, me matarás, pero tú te vienes conmigo”. Y ante el súbito coraje del humilde vencido digno, la otra dijo: “Déjalo, eres un miserable”. Soy la nieta de un miserable de corazón comunista. De un buen hombre que arreglaba, para sobrevivir, ollas, relojes, radios… Mi abuelo de corazón comunista y cerebro de ingeniero popular.

Un tío mío paterno había ido también a la guerra, por el bando sublevado, y había creído en la misión que le había impuesto aquel fusil en las manos. Decía: “Franco salvó a España del comunismo, España se deshacía”. La guerra lo sorprendió en Asturias haciendo el servicio militar. Allí tenía una novia, que le dio un saquito de habas cuando se fue al frente. Una bala le atravesó la mano con la que tanto había acariciado aquel saquito de habas, y una granada lo dejó al borde de la muerte nueve meses en un hospital. Nunca hablaba de la guerra. Sólo una vez me habló, siendo yo muy niña. Me contó que en plena batalla del Ebro se había encontrado de repente con un vecino suyo de la aldea, José de Casumira, y al relatar el encuentro se echó a llorar. Ahí terminó para siempre el relato de este tío mío que perdió la guerra pensando que la había ganado.

Entre mi abuelo y mi tío había silencios que yo percibía y no comprendía. La niña que yo era entonces sabía y no sabía leer en aquel terrible palimpsesto de la guerra civil. Los nietos y bisnietos hablamos de una memoria transferida, por cicatrices, lágrimas y silencios. Es nuestro también el destino de ellos y de ellas, y nuestro es su sufrimiento, heredado en este fin del mundo y en este fin de una edad, donde se cierra un ciclo… Un tiempo, quizás, de catarsis. Así es como los nietos volvemos la vista atrás y escudriñamos en la existencia de nuestros ancestros e interrogamos las constelaciones de las vidas que nos precedieron. Una tarea amorosa. Un cometido esencial. Una pregunta tierna. Que así es o debe ser la poesía: un acto de vida y un acto de amor.

El largo poema dramático O estado salvaxe. Espanha 1939, de Pablo Fidalgo Lareo, se compone de estos dos actos en sus dos actos, en los que hablan respectivamente las memorias cruzadas de su abuelo y abuela maternos. Una obra de teatro que, siendo una dramatización de la vida, niega la ficción de lo literario y deviene vida expuesta en su más íntima verdad, en palabras de la abuela al inicio del segundo acto: “Esto no es una obra de teatro, es un acto de vida”.

De esa manera, la memoria del abuelo traza, por medio de las imágenes en súper8, la historia afectiva de su familia, los momentos de ocio y placer de su mujer y sus hijos que, en fotogramas silenciosos, transmiten una isla de felicidad en medio del caos emocional impuesto por la dictadura. La obra de Fidalgo verbaliza, no obstante, el negativo de la foto, en la que quedan impresas las imágenes nunca vistas y sólo descubiertas por los ojos que escrutan la pureza: las imágenes del dolor, del remordimiento, de la supervivencia, de la simulación. Y de esa manera, sobreimpreso a los fotogramas, surge un intenso parlamento de un extremo confesionalismo, que es en realidad la reinterpretación del abuelo hecha por el nieto. Porque el nieto precisa de la interpretación, interpreta al abuelo para que termine el teatro y la vida se abra paso definitivamente. Para que algo se esclarezca. Para firmar la paz. Para que la catarsis se extienda de forma aristotélica: como un proceso purificador y como una asunción del propio destino.

El abuelo graba sus amores. Los fija en los momentos de expansión vitalista. En la emoción. En la alegría. Es el hombre de la familia, el garante de la estabilidad en el papel patriarcal que le fue asignado en la obra que vive. El profesor. El padre. De familia acomodada. El que perdió seres queridos en la guerra pero debe seguir adelante. Vio fusilar a un tío suyo. Y otros dos sufrieron cárcel y exilio. Así como en el entorno de la ría de Vigo, habían muerto paseados José y Antonino Comesaña, albañiles. Adolfo Monroy, fogonero de buque. Antonio Pérez, conductor de tranvía…[1]. ¿Cuánto dolor hay que sepultar para construir una familia feliz? ¿Cómo puede ver con pureza el mundo una retina que vio matar a uno de los suyos?

Frente a la isla feliz de las imágenes de la familia, había una isla cercada por las olas del dolor y de la tortura en San Simón, sin barquero ni remador, una caja de Pandora donde sólo quedaba en una esquina, sobreviviendo a duras penas, la Esperanza. La madre del abuelo llevaba alimentos a la isla, en solidaria poesía silenciosa cargada de un sentido histórico que modifica la trayectoria de los astros.

El abuelo hace recuento de los aciertos y de los errores. Resume la existencia para regresar al útero limpio de todo mal. Mejor dicho, el nieto hace el recuento de los aciertos y de los errores del abuelo y resume su existencia para comprender la Historia desde la intrahistoria de los suyos. Y así, consumar los días del abuelo y devolverlo al útero materno, ahora purificado por la poesía tras una revelación del vértigo del yo. El texto de Lareo es un texto vertiginoso, poderoso, insolente, brutal, tierno, descarnado y disolvente. Explica el individuo, explica la familia, explica el colectivo. Se explica. Nos explica. Las últimas imágenes de ese primer acto son de una belleza antigua e intrauterina: la abstracción del final de la cinta, las manchas casi de Michaux, el borbotón de la nada, la involución, el regreso, la retracción y el silencio, donde el nieto no dice y el abuelo no ve. Y todo se comprende. Y todo se perdona.

El segundo acto pone en escena no sólo la voz sino la presencia física de la abuela, que es la actriz que representa su propio papel, donde la vida y la poesía se funden finalmente para negar la literatura. Pues es preciso que ya todo el resto sea literatura, como quería Mallarmé, y que nos quedemos en la poesía de la vida, en los actos concretos y materiales del amor. En la palabra que crea. La abuela sale a escena. Tiene 85 años pero tiene el brillo y la inocencia de una niña. Nació en O Barco de Valdeorras.

Cuando estalló la guerra, había una niña en un Barco varado en el interior de Galicia. Ella sí, conoció la muerte de los hermanos pequeños, conoció la enfermedad, conoció la dura supervivencia en el rural desasistido de la ciencia y del progreso, donde la mortandad infantil era elevadísima. Donde no se pasaba hambre pero sólo se comían patatas y pan negro. Donde se soñaba con el pan de trigo, blanco como un ángel en medio del infierno. Puede aprender una a sonreír en el centro de la catástrofe, e incluso a bailar, como Zorba. Puede salir una al mundo conociendo la miseria. Puede amarse. Puede una soñar que se va con los gitanos. Y en su sueño ser libre como sólo lo son los gitanos errantes que no conocen patria.

La epopeya íntima de la abuela contada por sí misma es dramáticamente imponente. Tal vez porque la poesía es impúdica, y sobre todo porque a las mujeres aún no les estaba permitido decir lo que sentían y sabían, como bien advirtiera Rosalía de Castro. La niña varada en el Barco interior dirige, a los 85 años, en público, una carta a sus nietas. Ollos da miña nai, sen eles a miña historia non ten ollos, dice Xohana Torres. La voz de la abuela surge desde la infancia para transferir un testamento vital a las nietas, un testamento de supervivencia desde la intrahistoria que fue siempre el gineceo de las mujeres. Y si la historia del abuelo se desarrolló en el ámbito público, ella sólo se había asomado a lo público a través del teatro en la niñez. Al teatro regresa a los 85 años, no como ficción sino ahora como un acto de vida, necesario y justo.

El nieto re-escribe la historia de la abuela, o le da voz a su silencio, llena los huecos con la palabra. Ella es la otra mitad de aquella España dividida por una guerra. Como es testimonio vivo de una fractura lingüística en la migración de lo rural a lo urbano. Aquella lengua materna, extirpada. Aquella lengua materna nunca olvidada. Aquella lengua tapeada para vivir en otro lugar, en otra lengua, en otra vida. El desarraigo y el desclasamiento. Aquella niña vivía en una imagen surreal: en un Barco varado en la paz absoluta tierra adentro, pero la guerra la empujó al mar de Vigo, donde todo cobró de repente una realidad atroz y hubo que dejar de vivir en la poesía, para poder sobrevivir.

Y en los oscuros tiempos de la dictadura amaba y se convertía en madre y de esa manera la vida triunfaba por encima de todo. El testimonio humano de la mujer que se asoma a sus días y hace recuento de su intrahistoria dice todo de nuestra Historia oculta, de nuestras marginaciones, del coraje, y de las renuncias, de un modo de hablar como quien se arranca la lengua.

Y es que, como dice el cineasta Nanni Moretti, “cuando ya fueron destruidas todas las certezas, el único recurso que nos queda es el relato de la vida íntima”. En este fin de una época, en el fin del mundo, la abuela habla con voz humildemente oracular Hermosa como una vieja. Hermosa como una vieja. Hermosa como una vieja.

La pureza definitiva

Dice Marcel Proust que “sólo procede de nosotros lo que arrancamos de la oscuridad que hay en nosotros y que los otros no conocen”. Desde esa extracción escribe Pablo Fidalgo Lareo el acto de vida que es ese texto bífido sobre la estratificación sentimental de la familia, y por lo tanto de la humanidad, y más allá, del individuo. Sin embargo, para escribir desde ese lugar, en primer lugar, hay que estar en posesión de una “memoria excesiva”, como él dice en su poemario Mis padres: Romeo y Julieta (2013).

Ese caudaloso recuerdo se extiende en su obra desde los abuelos y los tatarabuelos a los padres, para desembocar en él y ramificarse en el resto de la familia, en los sueños, en las obsesiones, en los miedos, en la intensa y fugaz felicidad. Lareo confiesa en su libro, que por su primer amor llegó al teatro y por él lo abandonó. Por eso Mis padres: Romeo y Julieta va del teatro a la vida y sale de él para internarse en ella de una manera desgarrada. Y por eso la obra de teatro O estado salvaxe. Espanha 1939 deja de ser teatro para convertirse en un acto de vida. Romeo y Julieta es un largo poema que se interna en la grandeza del eterno amor imposible y al mismo tiempo en el fracaso del amor, que es también el fracaso de un país dividido:

Nací del único amor grande, verdadero, loco,

que en esta casa se recuerda.

Nadie me lo puede perdonar.

Fui pensado como un país.

Yo había nacido de un amor imposible

y los hijos de amores posibles nunca pudieron competir conmigo.

Ser hijo de Romeo y Julieta es un destino excesivo para un autor de teatro. Sobrevivir a la muerte del amor es el destino de un poeta del amor. Practicar la paz debería ser el destino de los herederos de una guerra.

Lareo escribe herido de belleza, en la búsqueda de lo sagrado, sediento de absoluto, y desde un salvajismo irredento lanza una pregunta esencial: si la suya es una pureza definitiva. Pide que sus padres se reconquisten tan sólo para que él pueda verlo, como un niño que sigue siendo niño mil poemas después. Sabe dónde fue concebido y crece con la madre y entra y sale de la casa-útero en un juego terrible y especular que lo abruma por momentos. Tiene la terrible ternura de la herida infantil incurable y la tensión de una vejez emocional adquirida en la experiencia a cuerpo abierto. Es incansable en la búsqueda de la verdad que no existe. Va sin escudo a una guerra familiar dispuesto a reescribir su propia historia para terminar con la tragedia y con la Historia:

¿Qué prueba interminable estamos pasando?

¿Cuál es la verdad de los hechos?

Yo en mi familia sólo soy un personaje histórico.

Nadie tiene tiempo para saber si realmente existí.

Y en esa tragedia comunal, Romeo y Julieta son seres libres y salvajes que conciben la poesía en un acto de deseo arrebatado, más allá de toda convención y de toda convicción. Lo irracional salva. Y así Lareo experimenta la inmensa fragilidad de las grandes construcciones simbólicas:

Yo soy hijo del deseo cuando aún

no se toca con la palabra amor.

Mis padres tienen que ensayar la libertad

y encuentran un faro al que encadenarse

para probar su fuerza y fracasar.

¿Puede ser el poema una reparación y traer a escena a Romeo y Julieta? ¿Verlos amarse y verlos fracasar? ¿Y sentirse uno el fruto de ese amor que Shakespeare no logró imaginar siquiera? Ir más lejos que la tragedia es condición de la vida. ¿Puede reintegrar el poema espacios y evidenciar la ecuación einsteniana por la que tiempo y espacio se funden? ¿Y que el hijo se vea antes de nacer y pueda reconstruir la intrahistoria y consolarse así de los fracasos futuros? ¿Puede hacer el poema esto?:

Pasé toda mi vida regresando a un sitio

que sólo existía en la mejor época de la mente de mis padres.

Y si es así, claro, “Nuestro proyecto desde entonces es volver / allí donde hemos amado con locura”. Así es la memoria del amor. Re-cordis. Lo que vuelve a pasar por el corazón. Preciosista en la precisión. Nostálgica e inmensa. Alegre en el dolor. Una forma superior del pensamiento, donde nada se escinde. La poesía es también reintegración porque “Sólo al atravesar las palabras, / al rescatar la poesía que queda entre los siglos, / la historia puede volver a contarse (…)”. Y esa historia de los padres encarnada en el hijo es la Historia de un país encadenándose a las generaciones venideras:

Mis padres se equivocaban cuando piensan

que sólo existe un problema familiar

cuando todo un mundo está destruyéndose.

Yo iba a sentir desde niño un deseo

por ver todo lo que no se enseñaba

comprendiendo que mi país estaba oculto.

(…)

Mi oficio aquí es decir con claridad:

reniego de mí mismo y de todo lo que me rodea.

Yo sí reniego de mis orígenes.

Yo sí reniego de la pobreza.

El oficio del poeta es decir la claridad, pues ya sabemos que “sólo procede de nosotros lo que arrancamos de la oscuridad que hay en nosotros y que los otros no conocen”. Desde esta condición distópica, la escritura vuelve a la superficie con una gran piedra negra en la mano, extraída del fondo donde no se sabía que estaba una gran piedra negra. Y en la mano adquiere los tonos imposibles de la pureza.

La poética de Lareo va una y otra vez a ese no-lugar para regresar en carne viva y exponerse a la luz incluso exhibiendo las heridas. La poesía puede ser impúdica. A veces debe serlo necesariamente, y en ese momento, como dijo Amiel, “la poesía es una liberación porque es una libertad”. La poesía cura. El amor salva. Entréme donde no supe, decía San Juan. Sabemos, leyendo a Romeo y Julieta, sintiendo que el fruto de su imposible amor fue la palabra total, que la poesía es el más verdadero estado salvaje. Y por eso el hijo de ellos escribe encarnando el final del drama y el comienzo de la poesía —esto es, la pureza definitiva— en el fin del mundo, cuando dice: “Sé salvaje cuando comprendas igual que cuando no comprendas”.

Yo creo firmemente que la poesía mueve objetos en la distancia, como en la escena de Solaris de Tarkovski. Y que escribir desde la memoria personal, desde la memoria familiar, es percibir el movimiento de las cosas un siglo después, allí donde hubo un baile verdadero. La intrahistoria del amor.

Olga Novo (Vilarmao, A Pobra do Brollón, Lugo, 1975) es poeta y ensayista, licenciada en Filología Gallega por la USC. Como poeta se dio a conocer a través de tres libros de poemas de gran torrente vivencial: A teta sobre o sol, Nós nus, A cousa vermella y Cráter (Premio da Crítica, 2012).

[1]              Del poema “Ondas do mar de Vigo (cantiga de amigo)”, de Claudio Rodríguez Fer, en homenaje a las víctimas del franquismo de la ría de Vigo. Incluido Poemas polas vítimas do 36 na ría de Vigo e Pontevedra, col. “Poesía para todos”, Unión Libre, Lugo, 2014.

O estado salvaxe en el festival Sinsal

Lugar:  Espazo Igualdade del Festival Sinsal SON Estrella Galicia. Capilla de San Simón. Isla de San Simón.

O estado salvaxe. Espanha 1939.

- Sábado 26 de Julio. Entre las 15.00 y las 16.00 horas.

Una performance de Pablo Fidalgo Lareo.

Quiñones/Vaello. Illa de San Simón.

- Una pieza site specific, escrita por Pablo Fidalgo y Uxía P. Vaello.

- Domingo 27 de Julio. Entre las 15.00 y las 16.00 horas.

Por lo poco que sé, mi abuelo estaba en San Simón en abril de 1937. Yo estaba en San Simón en abril de 2014, en circunstancias muy, muy diferentes, cuando conocí a Pablo Fidalgo. Hablamos un poquito sobre mi abuelo, su abuela, y sus historias durante la guerra civil en la isla. Eran como las 12 de la mañana. Nos volvimos a encontrar el mismo día a las 18h. Lo que más me gustó de todo lo que me dijo Pablo fue: “Ahora que tenemos confianza, te puedo contar que la hermana de mi abuelo tuvo una historia de amor con un preso de aquí”. Entiendo que Pablo ha roto con el teatro. Yo he roto con la danza. Lo único que tenemos en común (y creo que eso le gusta a Pablo) es que somos hijos únicos. Cuando cuentas o escribes la historia de tu familia esta adquiere un tono de ficción, a veces de cuento. Hace poco me he dado cuenta de que todo fue verdad.

(Uxía P. Vaello)

Todo fue verdad. Todo sigue siendo verdad. Después de la guerra civil, mi bisabuela venía a la isla a traer comida a los presos. Desde hace dos años estoy reescribiendo la historia de mi familia. En esa investigación me he encontrado con datos y personas que me han obligado a repensar y reescribir todo lo que sabía. Una de esas personas se llamaba Miguel Quiñones, había nacido en Asturias y estuvo preso en la isla después de la guerra civil. Solo sé que Miguel y la hermana de mi abuelo, Isabel, tuvieron una historia de amor. Solo sé que mi familia protegió, de alguna manera, a Miguel. Solo sé que ella pensó en él durante el resto de su vida. Solo sé que Miguel salió de la cárcel y volvió a Asturias y nunca más volvió a hablar de San Simón. Vaello y Quiñones coincidieron en la isla. Y ahora necesitamos que hablen.

(Pablo Fidalgo Lareo)

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