Reseña de Tres poemas dramáticos. Carlos Alcorta.

Tres poemas dramáticos

Publicado por Carlos Alcorta en su blog,
el 24 de febrero de 2016.

He venido siguiendo la obra de Pablo Fidalgo desde que publicó La educación física, en 2010, libro que supuso para este lector todo un descubrimiento. Un autor que parecía haber surgido de la nada publicaba un primer libro—recordemos que ha nacido en 1984— con la suficientemente madurez como para haber destilado un buen número de influencias, hasta hacerlas una con su propia voz, algo inusual en un poeta tan joven. Leí poco después La retirada (2012), un libro que ha pasado injustamente desapercibido y acaso eclipsado por la aparición casi inmediata de Mis padres: Romeo y Julieta(2013), libro desgarrador con el que se consagra, y la crítica más exigente así lo ha confirmado, con toda justicia como uno de los poetas de referencia de la generación más joven. Pero Pablo Fidalgo no es sólo poeta, compagina esta tarea con la práctica teatral, entre otras cosas. Es en esta disciplina, de carácter colectivo, todo lo contrario que el ejercicio de la poesía, en donde asume mayores riesgos tanto estructurales como representativos, aunque la vinculación entre ambas disciplinas sea, en el caso que nos ocupa, estrechísima.

El libro que hoy comentamos, Tres poemas dramáticos, publicado por la benemérita y nunca suficientemente reconocida editorial Ediciones Liliputieneses de la mano de José María Cumbreño, como su propio nombre indica, trata de conciliar ambos aspectos, la poesía y la representación dramática. El primero de los textos que acoge este volumen —«O Estado salvaxe. Espanha 1939»— fue publicado anteriormente en el libroAutobiografía de una generación y de él nos ocupamos en este mismo foro. Junto a esta primera pieza se reúnen ahora otras dos, «Habrás de ir a la guerra que empieza hoy» y «Solo hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y destruirme». Eduardo Pérez-Rasilla, buen conocedor de la obra de Fidalgo escribe en uno de los textos que prologan los poemas esta reflexión: «Su lenguaje, lírico, contundente, con frecuencia aforístico, íntimo y coral a la vez, reservado y elocuente a un tiempo, propio de la confidencia pero rico en el uso de figuras retóricas (la anáfora, el paralelismo, la anadiplosis y la epanadiplosis sobre tosa ellas) apela, implica o incrimina a un espectador al que la palabra lo obliga a tomar partido». Son muchos los versos que podemos seleccionar para ejemplificar las palabras de Pérez-Rasilla. Me remito tan sólo a la primera estrofa de la segunda pieza, un claro ejemplo de anáfora: «Has pagado la entrada y eso te da derechos/ Que levanten la mano todos los que han venido engañados/ Todos los que hemos venido invitados/ Que levante la mano las familias/ Que levanten la mano los hijos de padres separados/ Que levanten la mano los hijos de comunistas/ Que levanten la mano los que se han intentado matar/ Que levanten la mano los que creen que los valientes mueren antes/ Que levante la mano los que sienten que pertenecen a una generación fracasada». Acaso una de las características que unifican los tres poemas sea la estar protagonizadas por personajes marginados por la historia, personajes desplazados, violentados por sostener una determinada ideología, personajes dolientes pero no derrotados que no buscan, sin embargo, revancha, sino justicia. Es cierto, como escribe Slavo Zizek, que, en muchas ocasiones «tendemos a olvidar que no hay nada redentor en el sufrimiento: ser una víctima en lo más ínfimo de la escala social no convierte a nadie en una especie de voz privilegiada de la moralidad y la justicia», de la misma forma que la enfermedad o la indigencia no justifican en sí mismos procederes de ética dudosa, sobre todo cuando, enmascarado en un victimismo las más de las veces humillante para quien lo cultiva, pero también para quien lo patrocina, se utilizan para conseguir determinadas prebendas o sinecuras, pero nada de esto tiene que ver, por fortuna, con las historias que dramatiza Pablo Fidalgo Lareo, porque aquí se da cuenta, con una honradez incuestionable, eso que Pérez-Rasilla llama «una dignidad permanentemente negada». Creo que Álvaro Valverde también incide en este aspecto cuando escribe que «Los personajes de este autor (y digo personajes con reparo: tan reales me parecen) son hombres y mujeres, como él, a la intemperie. Gente que ha resistido. Supervivientes. Hijos, diría, de la pobreza. Muchas veces, nómadas. O viajeros. O emigrantes, lo que salvando el tópico, es casi inevitable para un gallego». De lo que no cabe ninguna duda es de que resulta difícil encajar en el contexto de la poesía española actual un libro como éste, a medio camino entre la justa reivindicación de carácter histórico —más frecuente en otras poesías europeas, por ejemplo, en la polaca— y un lirismo de corte confesional desgarrador, emparentado acaso con los poetas norteamericanos adscritos a esa tendencia, Snodgrass o Lowell sin ir más lejos. Martín Rodríguez-Gaona afirma que «Pablo Fidalgo Lareo asume un abiertamente un posicionamiento generacional (algo en lo que me permito discrepar, porque creo que el de Fidalgo es un discurso narrativo que apela a la continuidad, sin fractura, con una pretensión unificadora muy diferente a la del fragmentarismo tan en boga actualmente). Entrado en el siglo XXI, en el contexto de una profunda crisis internacional, la Guerra Civil persiste en España como experiencia traumática, a la manera de una escena prima, cuyo rebrote y consecuencias son aún más graves por ser algo que no se quiso ver (y mucho menos reconocer o expurgar)». De esa experiencia traumática y de consecuencias como la represión (fosas aún sin abrir) o el exilio, tanto interior como exterior, escribe Fidalgo y, además, escribe desde la experiencia propia, porque los protagonistas no son seres anónimos, sino personas de su entorno familiar —Manuel Lareo Costas, Mercedes Fernández Vázquez, Giordano Lareo o el mismo autor—, y esta característica confiere a los poemas un componente diarístico y, por tanto, confesional nada frecuente en el distanciamiento aséptico de mucha de la poesía que se escribe actualmente [muy certeramente, Rodríguez-Gaona califica estos poemas dramáticos como «el despiadado análisis de lo privado, la deconstrucción de la familia, la disección de lo íntimo (contra el pudor burgués)»].

El poeta alemán Gottfried Benn afirmaba que el arte es capaz de eliminar el tiempo y la historia porque se adentra en la experiencia íntima de cada individuo formando parte de su herencia genética. Pablo Fidalgo Lareo es un ejemplo perfecto de esa alianza y de cómo ejercitar la memoria, sin necesidad de parafernalia ni de ambigüedades semánticas, es la mejor forma de impedir que nos roben el presente.

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Tres Poemas Dramáticos. Ed. Liliputienses.

Tres poemas dramáticos

Con PRÓLOGO DE:

Martín Rodríguez-Gaona. LA HISTORIA LA ESCRIBEN LOS VENCEDORES
PERO LA NARRAN LOS VENCIDOS.

“(…) Tres poemas dramáticos de Pablo Fidalgo Lareo explora los límites de los géneros, apostando por una poesía antipoética y una dramaturgia ritual. Ruptura pero no experimentalismo, poesía con lenguaje denotativo y teatro en el que la acción dramática está en el lenguaje. En ningún momento el autor se posiciona explícitamente con respecto a una ideología, expandiendo y complejizando los registros de la poesía social, particularmente estrechos en España. La carga poética prima, ante todo, por su incesante formulación de preguntas y este énfasis en un radicalismo moral hace más conmovedora y artísticamente efectiva a las obras. En su conjunto, la escritura de Pablo Fidalgo Lareo está cercana a proyectos como los de Cernuda y Gil de Biedma, también poetas dramáticos. Uno de los aspectos más relevantes de la propuesta de Tres poemas dramáticos está en su inclinación por la palabra común, por un lenguaje que sacrifica el esplendor en aras de establecer una genealogía. De este modo, el lenguaje se muestra deliberadamente prosaico, plano, sin siquiera apelar al ingenio, al feísmo o a lo lúdico, recursos propios de la antipoesía. Esta aproximación supone otra manera de llevar la palabra hasta sus límites, no por la vía de la saturación barroca del sentido o la transmutación de la iluminación, sino extenuando lo discursivo hasta revelar un secreto: lo inconfesable. El trauma fundacional, entonces, supondría definir una posición en la confrontación inmemorial entre las dos Españas (…)
(…) Este proyecto está en sintonía con fenómenos contemporáneos como la Slam Poetry y autores como Angelica Liddell, y tiene antecedentes en poetas performativos como David Antin y John Giorno. Pero sus bases se remontan a la obra de cumbres de la dramaturgia moderna como Eliot (la voz coral alegórica), Brecht (la desnaturalización como recurso político) o Pirandello (lo metateatral). Lecciones que se aprecian en el empleo de un plano simbólico y de referencias cultas (citas de Pessoa y Pound, entre otros) y que complementan y añaden niveles a los soliloquios de sus personajes. Por lo tanto, en Pablo Fidalgo Lareo, todo un bagaje de referencias y recursos apoya su propuesta, en un inusual impulso de pensamiento y sentimiento canalizado para analizar la intimidad (…)”.
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Con PRÓLOGO DE:

Eduardo Pérez-Rasilla. NOSOTROS NACIMOS EN UNA ÉPOCA SIN NOMBRE.

“(…) El presente y el pasado se reúnen sobre el escenario como aspectos inseparables de una realidad sangrante, como una herida no restañada, como una memoria encarnada en el cuerpo. “Es como si los vivos nos acercásemos a los muertos”, se dice en Solo hay una vida y en ella quiero tener tiempo de construirme y destruirme. “La vida de un hombre solo tiene sentido inscrita en el tiempo, /Pensando que hubo otros antes y que habrá otros después”, se asevera en Habrás de ir a la guerra que empieza hoy. El cuerpo y la memoria. La necesidad de vivir la vida de los demás. Para algunos, el elemento esencial de la tragedia griega sería el reconocimiento, la anagnórisis aristotélica. La identidad destruida por la muerte, por la guerra, por el exilio, por el imposible retorno y el irreparable daño del olvido necesita volver a ocupar un lugar, que insistentemente reclaman las voces que se escuchan a lo largo de estos Tres poemas dramáticos. Se
reivindican los nombres entendidos como una forma de dignidad y de reconocimiento por los otros (…)”.
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Con PRÓLOGO DE:

Álvaro Valverde. UN ARTE DE VIVIR.

“(…) Monólogos que son diálogos, en los que el lector o espectador no puede evitar sentirse arte y parte, protagonista de los hechos que se narran. Sí, porque el componente narrativo -el contar- es también esencial aquí. Las piezas de Fidalgo son testimoniales y, diría más, testamentarias. Dan cuenta de lo que le sucede a él o a los suyos (eso que, no sin ambigüedad, denominaría, familia, esa “enfermedad imposible de extirpar”, otra de las claves de este empeño) y quieren perpetuarse en el tiempo (la memoria es otro motivo recurrente), para que no se olviden. Fidalgo pone voz a personas que han existido o existen, pero que no siempre pudieron verbalizar por sí mismas lo que sentían o recordaban.(…)
Lo autobiográfico es aquí ley, algo que también contribuye a afianzar ese grado de autenticidad que señalo. Lo mismo que el modelo poético, digamos, adoptado: el del monólogo (acaso sea pertinente añadir “dramático”), aunque, oh paradoja, no deje de ser un diálogo: el que el autor establece, quiérase o no, con el lector o escuchante. Sí, porque los otros, la vida de los otros, lo que otros piensan o sienten o celebran o sufren es inseparable de estos dilatados, lentos versículos de talante humanista, de hondo sentido moral, solidaria y humana por los cuatro costados (social la llamarán algunos), que atiende, sobre todo, a la dignidad de mujeres y hombres. A su libertad. Que observa lo que les pasa, lo que nos pasa, lo que a él le pasa, sin olvidar el amor, la guerra, el dolor y, cómo no, la muerte: “Mi objetivo es ganarme mi muerte”, leemos. Lo real. La realidad que nos alegra y que nos atormenta. En ese sentido, que nadie venga buscando
en estas páginas lindezas liricoides, verbosidades enojosas y melifluas vaguedades de esas que algunos confunden con la pobre poesía. La vida, para Fidalgo, es algo sagrado. Y a “lo sagrado” remite en numerosas ocasiones desde un mundo sin dios.(…)”
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